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viernes, abril 30, 2010

De Costumbres y Otros Recuerdos

La casa de la Señora Reseca estaba adornada por unas cuantas flores, tapando las indiscutibles manchas de las paredes. Los muebles tapizados de colores más bien fúnebres desde hace media década yacían solitarios en medio de una sala poco habitada. Las visitas eran escazas desde que sus dos hijos menores murieron cuando fueron a una caminata al río del pueblo.
Desafortunadamente, el menor de toda la despedazada familia, Riardo, ingenuo y torpe, tropezó contra las piedras al cruzar el desbordado río. Su hermano, en medio de su interminable angustia y terror, vio cómo el río se teñía de color rojo aterciopelado. Para rescatarlo, intentó ayudarlo, pero el cuerpo de Riardo, no muy pequeño comparado a él le impidió salvarlo. Es más, se supone que cuando lo ayudaba su hermano cayó de cabeza hacia una de las rocas del río, partiéndose el cráneo. Creando dos bultos llevados por la corriente eterna.
El resto de la familia había huido por la violencia vecina. Sin embargo, los personajes más insólitos permanecieron en el pueblo de mala muerte hasta el final. La sopa que andaba preparando la Señora Reseca tenía un olor ácido y denso. El sofocante calor ahogaba a la Señora Reseca, el vapor expulsado hacia su sombrío rostro creaba una gruesa capa de sudor en su frente. Decidió dejar que la sopa continuara calentándose mientras salía a caminar por el desértico pueblo. Su vecino, Don Clentijo siempre dormía en la hamaca de su pequeña terraza. El periódico de hace unos años siempre cerca sobre una empolvada mesa gris. Los lentes, más grandes que los puños de Don Clentijo estaban en el suelo, acompañando los rítmicos ronquidos de Don Clentijo. Vestía un chaleco anacrónico, rojo y vivo, el cual le disgustaba a la Señora Reseca, siempre le pareció raro cómo en medio de aquel insoportable calor, alguien de más de sesenta años podría soportar un grueso chaleco. La verdad era que Don Clentijo sólo lo usaba cuando salía a su terraza, su casa, sin ventanas ni más color que el de la desteñida madera, reposaba cerca de dos árboles secos.
En la casa de la esquina, abandonada desde hace dos décadas por los dueños originales, afortunados de poder huir antes de que la violencia se aproximara. Estaba inundada por ratones y una vieja de mirada soñolienta y desubicada. Las frágiles paredes se pudrían con el cuerpo de la pobre vieja. Extrañamente, los arbustos de enfrente eran los más coloridos y fuera de lugar de todo el pueblo; grandes y robustos, abundantes de rosas y flores multicolores como los arduos atardeceres. La Señora Reseca no había sabido de la vieja desde hace un par de semanas, pero el humo de la desechable chimenea delataba la presencia de ésta, cocinando sus ratones con guisantes.
La plaza principal estaba desolada, excepto por un par de perros recostados bajo la humilde sombra del árbol arcaico que posesionaba el centro y corazón del pueblo. Perdía la noción del tiempo cuando caminaba, siempre le había sucedido. Inclusive cuando salía al monte y se encontraba con su amante, a escondidas de toda la familia, con quien tuvo a Riardo. Nunca supo bien si era por las agridulces sensaciones que le causaba el monótono sendero del pueblo o era por su espíritu romántico. Las piedras del suelo se calentaban a temperaturas casi imposibles de soportar, pero la devoción que la Señora Reseca siempre ha tenido por caminar en las horas menos transitadas la han hecho inmune a éste efecto.
Nunca fue muy fanática de los animales, pero los respetaba por ser parte del ciclo natural. En cambio, el dueño de la tienda, el Señor Mauricio, andaba abrazando árboles y acosando ardillas cada vez que podía. Por esa razón había instalado su tienda en la plaza principal, para permanecer cerca de las raíces del árbol en forma de caracolí, enredado y ensimismado, pero sumamente enorme. Tenía el aspecto de un hongo gigante, con miles de ramas hacia todas las direcciones, abriéndole campo a la imaginación. Él había hecho cientos de pancartas en contra de la basura en las zonas verdes, pero los niños siempre las rompían a los cinco minutos de estar colgadas.
Mientras caminaba, la Señora Reseca, miraba a su alrededor, disfrutando del pueblo, que algunas veces lograba despreciar, pero en tardes calurosas como ésta, era cuando más lo apreciaba. En el monte, le llegaron memorias nostálgicas de noches de pasión bajo el resplandor de la luna llena. Untados de hojas secas y tierra húmeda, pelo despeinado y cachetes sudados, lejos de su esposo y el drama que envolvía su existencia. Se sentó cerca de la roca donde vio por última vez a su verdadero amor, intentó llorar un poco, pero las lágrimas no le salían. En medio de su contemplación le llegó la vívida imagen de la sopa hirviendo, quemando la casa de su vida. Será mejor que se devuelva.
sábado, enero 16, 2010

Canas Rojas


Lo siento por el tama;o de la letra, mi blog parece estar caprichoso...

La ventana al final del corredor miró al mirador de la montaña, no muy alta ni lejana, con un solo ojo de picardía. Las aves escondidas en aquel árbol fosforescentemente bello, vislumbrando el horizonte nubloso de mares perdidos. En aquella casa, de largas generaciones, lloraban las hormigas por culpa de la lluvia inocente. Unas cuantas esquinas accidentadas de cemento quebradizo eran los bordes de la avenida, por donde se acercaban sus fieles amos.

En la distancia el aire se sentía más suave y esponjoso sobre los finos rostros de la pareja, ya mayor, corriendo las largas fibras de pelo sedoso de su esposa. El carro color negro convertible de modelo reliquia se movía relativamente rápido con el apretón frecuente del zapato de Francisco. Sus canas, como las de Margaret, brillaban eternamente con los rayos del sol omnipotente, rigiendo sus reinos en lo alto del universo. Una sonrisa era la respuesta de su esposa, no necesitaba decir más, sabía que su alma andaba en quietud y no habría nada que pudiera evitar su claro amor. Él como caballero que siempre ha sido, la devolvió con una caricia en la mejilla.

Las millas disminuían velozmente, pero los dos viejos no podían evitarse, de vez en cuando Margaret lo miraba de reojo coqueto. Luego posaba su mirada sobre la montaña colosal. Las aves revoloteaban de vez en cuando en el cielo, su cielo. La trascendental casa se asomaba en el fondo de las roturas del barro por donde el carro se desplazaba. La puerta desdichada por el abandono poco frecuente sollozaba de a poco bajo el regazo del muro marrón de la pared. Mientras los arbustos posaban ante el flash de la cámara proveniente del ojo del sol, las cortinas dibujaban al par de viejos enamorados más atrás del gran árbol. Sus hojas recobraban sus pixeles al pasar de las dos cabezas plateadas sonriendo de la vida más allá del sueño.

La tranquilidad que transmitía los ojos verdosos del cuerpo de vestido violeta era más allá de sublime, por otro lado, los azules bajo el sombrero negro de Francisco poseían confianza. El abismo donde habían construido la casa, hace ya once generaciones, parecía menos peligroso con la estadía de Francisco y Margaret. Los Buendía, de apellido sonoro, podrían estar celosos de ellos en su vista lejana y exiliada de la civilización. Al detener el carro, los labios rojos se movieron nuevamente junto a su perfecto maquillaje, abrió la puerta suavemente y estiró sus finas, aunque ahora arrugadas, piernas. Francisco sólo volvió a sonreír, sacó el llavero de toda la vida y se dejó consumir por la puerta de su eterno hogar de sueños, con su amada a su lado.

El carro negro, se encontraba en la ciudad destrozado, con un par de canas manchadas de rojo.

lunes, enero 04, 2010

En Cuanto a las Viejas Luciérnagas


Quizás parezca un poco largo, pero si han de empezar, terminen.

Gracias por Leerme.


Después de un tiempo me di cuenta de que no había forma de salvarla. Sus ojos ya estaban hinchados y hundidos, dándole un aspecto deforme. El doctor ya ha venido a visitarla cientos de veces. También le ha mandado docenas de medicinas, todas fracasan, estoy empezando a pensar que son agua con colorante amarillo o azul eléctrico. Cada vez que la veo me es imposible no imaginarla en un cofre de madera, cuya superficie tendría un par de imágenes religiosas a los lados, como a su madre le hubiera gustado. En cuanto a por qué ella quería un cofre para su hija, me parece torcida la idea. Sus cachetes blancos, supongo que los bañarán en rubor para darles un aspecto alegre y vivo. Unos labios pálidos y fríos como hielo, como piedras, con suaves superficies. Los gemidos mudos en la oscuridad, entre enceguecidas tinieblas, y de vez en cuando, gritos sordos. Presentimientos, pensamientos, todos agobiados y descarrilados en carreteras de un fin porvenir. En cuanto al dolor, pasivo e intenso, muerte lenta, madera vieja. Quien sufre más, quien duerme o el que mira en silencio, con miedo a enfrentar la realidad. Las luciérnagas brillan, luz impertinente e indeseable, aunque pecadora. Pequeños puntos de luz voladores en las viejas ventanas, por qué no serán helados me pregunto de vez en cuando. De nuevo te miro, con un miedo agobiante, consumidor, agridulce. Con un rostro viejo y destartalado me encuentro, perdido y sin mapa en el mundo, vagando, tomando los caminos incorrectos, directo a donde todo se apaga. Me acerqué un poco más, piel erizada y descontrolada, un beso, sutil. Aquellas diminutas bolas de luz seguían dirigiéndose hacia ella, mágico lugar, de sueños perdidos. Todo lo que veo son rostros sin expresión, simples, planos, ninguna emoción, mirando, vigilando con clara intensidad, espías de la muerte, testigos del amor. No hay apoyo, ético ni moral, religioso ni celestial. Otra vez te escucho, insomnio cada noche, todo en silencio, cuando el miedo siente vértigo y la luna intimidada, de estar tan sola, sin pareja, egoísta. Con gran vigor aumenta cada sonido de dolor, ya como un sonámbulo me dirijo al pequeño cuarto, el de los enfermos, el de los muertos. Siguen brillando, su rostro iluminado no parece tan indiferente, parece envuelta en vida, resplandeciente, una indiscreta sonrisa se forma en ella, feliz la miro. Cojo el pañuelo de la envejecida mesa, lo pongo delicadamente sobre la sonrisa, tapándola, sintiéndome culpable.

Hace unos meses te vi corriendo en medio del bosque, cogidos de la mano, sonriendo, felices, radiantes. Otro beso, otra caricia, futuramente perdida, en vano. Cuando tenías labios de colores intensos y bailabas con gracia. Momentos almacenados en la memoria, esperando que no contengan enfermedades. Eras de las personas que miran hacia abajo cuando hay presión, igual que como coges las manijas por debajo y te sientas con los brazos cruzados; todos lo saben, tan obvio, a la vez tan impredecible, como armar un rompecabezas con las fichas incompletas. Colores de primavera, olores de invierno, rostros de tiempos paralelos, momentos encarcelados sin llave, aprisionados. Me encontraste, me salvaste de la caída hacia los acantilados, saltos y remordimientos, gritos y pesadillas, ahora coherentes. Cómo dejarte aquí sola e insegura, en cáscaras de huevos, en vidrio peregrino. Tanto que dar, sólo yo para recibirlo, el resto se desgasta y desvanece con el aire; diferente al polvo, que vuelve a caer, éste se va sin reaparecer, supongo que al mago se le olvidó el truco. Ahora veo que todo es igual, la noche con el día, solo las circunstancias cambian, pero aquí, donde nada es perpendicular a las cosas, no existen, nada existe. Los momentos se dan por el destino, como en el metro donde te sentaste, cerca de mi, donde pusiste tu numero, dígitos, eso es relevante, qué son los sueños, todos defectos de la realidad. El dolor continuo en tu antigua cara, no ha de esperar la noche en que paren de brillar alrededor tuyo. Investigué que comen, todas las noches llevo unos bultos de arroz cocido, no puedo dejar que dejen de iluminar. Como espíritus se ven alrededor del cuerpo de piedra que posee la cama. Luego bajo a leer el periódico de el mes pasado, tantas veces lo he tenido que leer, los libros, donde se hospedan las termitas, hoteles, comunidades enteras, me acompañan. Familias completas, caminando en el papel, la devoran; después continuaran por acabar la casa, toda de madera, cuando se derrumbe, espero estar adentro para acompañarla, por eso las motivo, además no molestan y pagan renta. Un fuerte sonido, proveniente de aquel pequeño cuarto luminoso. Corrí lo más rápido que pude, era hora. La puerta estaba cerrada, dónde podría haber dejado las llaves, quizás las termitas la robaron, esas infelices. Con toda mi fuerza golpeé la puerta, por fortuna ya estaba vieja y se derrumbó rápidamente, en cuanto entré todo se encontraba fuera de foco. Ningún bombillo volador estaba ahí, todas las luciérnagas en el suelo, frías como rocas, a oscuras en tinieblas. Lagrimas empezaron a escurrirse por mis cachetes, todo se apagó en medio del suspenso, apagón nuclear, la luna huyó, y las luciérnagas se fundieron, con su corazón.

sábado, diciembre 05, 2009

Defecto de la Realidad


Aquellas condenadas luces, donde de verde a rojo se va, todo vuelve a la realidad. Esta vez no va a suceder eso, donde las flores crecen y no marchitan. Gritos de súbditos se escuchan en el suelo. En suspenso todos callan, esperando para el gran momento. Las cortinas de terciopelo se empiezan a ondular, suaves como la brisa. Centenares de rostros moviéndose, distorsionados por el enorme asombro, esperando a aullar; manadas de lobos eufóricos. Hasta los animales se detienen a observar la histeria que se está causando en aquel canoso castillo. En la plataforma de la torre se acerca un cuerpo esbelto. Anuncian su presencia y nuevamente se emocionan, de un momento para otro aparece la Princesa. De rostro humilde y hermoso, adornada de joyas y un gran vestido, tan extenso, que si han de soltarlo por el balcón real, tocaría las babas de los lobos, pero por ende no lo hacen, temor a ensuciar aquel vestido divino. Su maquillaje perfecto, todos perplejos, gritan con nostalgia. La reclaman, la nombran, la adoran, en su reino no hay nada imperfecto, ni una sola queja, ni una boca floja. Pétalos son lanzados hacia ella, de todos los colores y tonos: rosados, rojos, azules, naranjas, blancos y amarillos, esas últimas no le agradaban tanto, aquel color intermedio. En medio de todo la música de festival sonaba, grandes cantidades de éxtasis eran liberadas por los cuerpos de aquel reino. Felicidad pasaba de boca en boca, de alma en alma. El paisaje que rodeaba el castillo no se opacaba por la celebración, poseía todos los colores, y formas posibles, magnífico. Sus pequeños labios eran extendidos en su rostro mientras miraba hacia abajo, esta vez no tendría que hacerse la lastimada, pensó. Los puntos la admiraban, todos la querían en sus brazos, incluso en sus labios. Aquella princesa, inocente doncella, no creía lo que veía, tanta emoción con su presencia. Lágrimas se escurrían por su empolvado rostro, no, sucio no, de maquillaje, moviéndolo por aquel liquido cristalino, de sueños acabados. Ella, la que tiene todo en lo que sus sueños pudo desear, era iluminaba por el majestuoso sol, removiéndole la suciedad, brillando en sus ojos. La vida perfecta, añorada de aquella princesa, se lo merece, eso todos lo saben. Ahora todos sus sueños están hechos reali––
-Levántate ni
ña, recoge a tu hermano del piso, aprovecha que empezó a llorar; además ya deberían estar en el semáforo- le reclamó su madre con los ojos húmedos y unos cuantos moretones en el brazo.
viernes, noviembre 27, 2009

Al Perder Costumbre

Después de todo no es tan difícil como se lo habían prometido. Frey, de personalidad espontánea aunque seria en ciertos temas como la política, suspiraba con alivio al atravesar la puerta de su casa. Hace un tiempo que no respiraba aire puro. De costumbres, la mayoría de veces, puras y obedientes, de llenar el vaso hasta la mitad y ordenar los libros alfabéticamente. Su corazón latía, emocionado por lo nuevo, aunque su alma permanecía nostálgica por el pasado. Su hogar era desde hace tantas décadas esa vieja casa, de madera rota y sábanas empolvadas. Miró una vez más a la derecha, no se encontraba nadie. Pensó en las escaleras para poder tocar el pasto, parecían un gran abismo, una especie de acantilado, el cual él no seria capaz de saltar y sobrevivir. Las pestañas lo protegían un poco de los fuertes rayos solares, los cuales se reflejaban intensamente en sus pupilas dilatadas del sueño y pereza. Al largo tiempo de no lograr hacer nada en la vida es intimidante pararse y caminar hacia un nuevo camino, o quizás no tan nuevo, sino rescatándolo y apartando las madreselvas que éste posee. Los pies descalzos le darían una mejor perspectiva del tapete orgánico verde que se extendía hasta lo más lejos del horizonte. Mientras las montañas se llenaban de sublimes colores, causando sensaciones a los pocos privilegiados que podían disfrutar de tan majestuoso escenario. La mañana ya no era tan mañana, ni la tarde tan tarde, pero nunca nada es demasiado tarde para remediar las cosas. Sus palpitaciones aumentaban. Sus venas se englobaban con oxigeno, cada célula pareciera más colorida y con nuevas oportunidades. Las oscuras ojeras ocultaban secretos de una vida no tan llena, hasta un punto satisfecha. Los líquidos eléctricos le llamaban la atención y le agradaban a su paladar sobre cualquier otra cosa. Su vaca, vieja y destartalada como él, permanecía ahí, callada y muda; sin revelar lo ocurrido, como fiel profeta de residuos salivales.
viernes, noviembre 13, 2009

Paranoia

Se suponia que hoy iba a volver. Lorenzo andaba impaciente por la noticia. No era capaz de parar de arrancarse las uñas y morderse los callos. Abría la ventana para que tan sólo pudiera ver el camino, no le interesaba ver más. Su mundo y vida era ese camino. Respiraba entrecortado, emocionado y nostálgico mientras que subía las escaleras una y otra vez.
Abrió la ventana una vez más y con tan sólo el atardecer se encontró.
Salió a inhalar un poco de aire fresco, porque el aire de la casa estaba muy denso, tenia un ambiente muy pesado para su gusto. Sus zapatos negros combinaban con su chaqueta de cuero. La oscuridad se acercaba. Su peor miedo, con tal de que no acabara en ése momento de noche, el poder divino era acechado. Agarró fuertemente la cruz de su cuello, pero ésta estaba más fragil que antes, casi la desborona, tuvo miedo de que no tuviera fuerzas para batallar a sus enemigos. El frio lo invadía, los huesos le temblaban.
Abrió la ventana y miró, pero con nada se encontró.
Ahora temía por su vida. Cogió la pequeña vela que estaba derritiendose en la mesita a unos metros de él. Entonces se dió cuenta de que no debía dejar que nada la apagara. Debía protegerla de todo mal, de sus miedos, inclusive de sí mismo. La pequeña mecha de fuego se movía hacia un lado amenazadoramente, ella no le temía. La dejó en la mesa, algo chirrió justo en el instante en que la soltó y sintió como si se le doblaran los organos. Despues de un tiempo de incontrolabre dolor, decidió ignorarlo y forzosamente asomarse a la vieja ventana.
La abrió y todo andaba oscuro, sumiso y malevolo.
Cada segundo aumentaba la espera. Cada movimiento era planeado, no debía cometer ni el menor error. Su vida dependía de ello. Se sentó y unas cuantas lágrimas se deslizaron de su rostro, callendo en la madera casi pútrida de la casa. Sus raíces provenian de esa casa, su vida era la casa, y la vela, porsupuesto, no debía dejar que la pobre vela sintiera celos. Las puertas ya gastadas crujian con un molesto soplido que retumbaba en el techo, en sus oídos, en sus intestinos. La culpa era su mayor atacante, todo a su alrededor lo acusaba.
Se asomó y nada encontró.
Debe de estar cerca. Tiene que venir. Es ilógico que no halla llegado. La angustía del eterno vacio era presente. Su respiración ahora descontrolada, queria calmarla, darle un fin a éste dolor. Su alma ya no le pertenecía, ahora tan sólo era un cuerpo moviendose por el empolvado suelo. Ya nadie cuidaba de nadie. Ya nadie se preguntaba por nadie. Por lo menos él pensaba eso, por eso decidió alejarse de todo lo que le rodeaba. Sentía cómo los nervios en su cerebro saltaban de un lado hacia otro, estallando en miles de particulas, su cerebro se secaba de poco a poco. Las flores invernales ya no existían, todo era cubierto por una gruesa capa de nieve. Le ardía la garganta, le frustraba pensar. Los árboles lo observaban como gigantes, apunto de atacar. El camino andaba solo, ni un sonido se escuchaba, en cambio todo dentro de aquella casa parecia tener vida. El chillido del viento era inminente, los crujidos eran desesperantes, las anticuedades le brindaban un intenso temor. En medio de los gritos y la caída de pelo, de brazos en las paredes y sudor en el cuello, se escuchó un canto, el cual provenia de afuera. Sus pies deseaban abrir la puerta, ya no les importaba el chirrido, mucho menos el frio. El par de ojos humedecidos miraban hacia el techo, averiguando cómo podria escapar sin salir. La misma idea era absurda, pero el canto era maravilloso. Las llaves estaban perdidas y las puertas se negaban a abrir. La ventana se oscurecio, difuminando con niebla el espectro del jardín. Agarró la minúscula llama, y caminó cuidadosamente para no matarse. En la azotea todo se veía distante y difuso, su cabeza ya no pensaba igual, todo le daba vueltas y el sudor aumentaba, con su impaciencia. El canto de aquella sirena lo imnotizaba, inhaló y sopló, acabando con la existencia de la llama y su vida.
Fuera de la ventana, todo permaneció tranquilo y pensativo, se habían vengado por el asesinato de su regadora. El canto se esfumo con el necio humo de la llama extinguida. Ahora duermen y esperan con ansias a que venga la dulce primavera, que lo peor ya pasó... ya pasó.
domingo, noviembre 08, 2009

Peligro de Escritor

Inspirada en "Letras Compulsivas", por Pablo Forero.
Sólo por si me demanda.
-
Desde hace un tiempo tengo la extraña sensación de estar asechado por algo, o alguien. No estoy muy seguro de lo que sucede, ni me hes facil explicarlo, aunque en éste preciso momento tampoco es de mi agrado escribirlo así como así. Entonces fue cuando las manos se movieron y bailaban con el papel, el lapiz, corriendo y rayando, haciendo que aquel pedazo blanco, tornara de color gris, sí, gris. Cada bocanada de aire era un pulso para mis dedos, que escribian letras, letras con tildes y unas cuantas conjunciones. En cuanto a lo que escribia, lo escribia en tercera persona, sólo por si lo que le sucedia al personaje principal no me sucediera a mi.
Él, pobre hombre, sufría de intensos dolores, de morados, de gritos, de palabras. Estaba volviendose loco, aruñaba las paredes, los rostros se derretian. Gritaba su nombre y el suyo, como para no sentirse más solo. Pensaba, o al menos lo intentaba, pero todo le dolia, le rayaban la cabeza, como con un lapiz. Decidió salir de su pequeño cuarto..
Una puerta se escuchó abrir en mi tímpano.
..era sumamente canoso y magullado. Las tiendas no tenian nada, el parque permanecia mojado, el museo andaba solo, el museo le causaba más impresión que el resto, todo en silencio, aunque no se atrevio a entrar. Giró de vuelta al cuarto, de nuevo en su hogar, en su refugio, eso le emocionaba mas, sabia que debía llegar rapido.
Una puerta se escuchó cerrar en mis ojos.
Se encerró, y lloró, sabía que debía hacer algo al respecto, algo maravilloso, majestuoso, sí, algo que lo recordaran. Debía hacer algo de que lo amaran, no, mas bien de que lo odiaran. Debo confesar, como narrador de ésta historia, que el pensamiento de mi personaje no es tan simple como parece, sólo por el dato. No podía determe, las letras me tenian poseido y me manipulaban, veía palabras por todos lados, causando que no pudiera terminar hasta concluir ésta perturbada historia. Se acercó hacia la mesita de noche que tenia a la izquierda de su esquelética cama, su espalda le dolia. Una vez más gritó. Agarró el arma y se apunto a la frente, sabía, por experiencia previa, que oprimir el gatillo cuando apunta a su nuca no es muy conveniente. Respiró y aguantó el aire. Soltó. Giró. Gritó. Amó. Lloró.
Escuché un estallido en el cuarto donde se encontraba mi padre.
Hago un punto antes de que las palabras me devoren vivo también.
Punto.
martes, noviembre 03, 2009

Un Alma Perfecta /1

Primer escrito. Primer principio. Primer primer.
Primera entrega.
-
Un pequeño rayo de luz muy tenue llegaba al asiento oscuro, enfrente de una tienda de bebidas donde estaba Maria García sentada en las calles de Bucaramanga. Maria era una mujer muy trabajadora aunque el mejor trabajo que logró conseguir era ser vendedora ambulante de unos panecillos muy desnutridos de sabor, el resto de trabajos que le ofrecían eran enfocados en drogas, ella sabia las consecuencias que podría traer esa clase de oficios.
Maria estaba sentada descansando de una fuerte mañana de pie y siempre repitiendo lo mismo por todos los pasillos, tenía la mirada enfocada a un hombre de unos sesenta y cuatro años. El hombre parecía estar buscando algo que le hacia mucha falta, algo que había perdido. Así que ella decidió acercarse y preguntarle. Cuando Maria llegó, vio el rostro de aquel hombre parecía trasnochado, esquelético, traumatizado. La cara parecía como la de un niño después de haber visto una película de terror, sin poder dormir durante días, despertándose por las noches con pesadillas de aquella película.
-¿Esta bien señor? – Pregunta, esperando que el hombre no fuera a responderle bruscamente, pero para su alivio el hombre no dio algún movimiento brusco. De hecho, no hizo ningún movimiento nuevo, sólo miraba al piso buscando algo, caminando muy despacio para no saltarse ningún rincón, entonces ella continuo – ¿Le puedo ayudar en algo, esta buscando algo señor? – Pero el hombre la siguió ignorando, aunque ella no paro de seguirlo porque sabía que podía ayudarle en algo. El hombre con unas canas en el pelo y varias arrugas en los cachetes se detuvo, puso su mirada en Maria.
- A usted que le importa lo que yo haga jovencita, un viejo como yo ya no le importa al mundo. Cuando muera nadie se acordara de mi, ni siquiera Dios.
- No diga eso señor, claro que la gente se acordara de usted – El hombre no le deja terminar de hablar y dice en un tono enojado.
- Quien se acordara de mi jovencita, no tengo hijos ni familiares y mi esposa huyó de mí hace veinte años y vivo en las calles, solo con una cobija que encontré en la basura hace un tiempo. Quien se acordara de mí cuando muera, ¡quien jovencita, quien! – El tono de voz del hombre aumentaba por cada palabra que decía.
- Yo señor.
- No soy tan tonto como usted cree, puede que no hubiera ido a la escuela cuando niño ni he tenido un trabajo decente y que haya tenido que dormir en las calles forrándome con la luna, pero idiota no soy.
- Señor yo no creo que usted sea idiota.
- Entonces por qué dice eso, ¿engañándose a si misma?
- No señor, le digo la verdad yo vivo como usted.
- ¿Vivir como yo?
- Sí señor.
-Usted no tiene ni idea cómo es vivir como yo, tener que comer desperdicios todos los días, la basura que otros botan para mí es lo que me mantiene vivo. Ser despreciado por la comunidad, no ser amado. Vivir en eterna soledad sin nadie al lado, que por las noches vengan otros a quitarle las monedas que uno reúne mendigando de vez en cuando por las calles después de haberle pegado en la cara. ¿Usted ha vivido ésto señorita? Alguna vez ha sentido ese sufrimiento constante de saber que no le interesa a nadie, ha sentido ese dolor que le parte el corazón y que el único consuelo es desear morir. Pero después pienso que debo continuar, que mi vida no debe acabar todavía.
- No señor – Dice Maria pensando en todo lo que le dijo el hombre, ella sintió el dolor y sufrimiento que el hombre ha pasado en su vida, esas noches largas que uno no deja de pensar en algo que lo angustia, como la muerte.
- Ah bueno, así que aquí no me venga a decir que usted ha sentido lo que yo he estado pasando toda mi vida, por que usted no tiene ni idea de lo que se siente, el verdadero dolor. – Entonces una lágrima se desliza por el rostro polvoriento y maloliente del hombre hasta que llega a la quijada y cae al suelo. Fue como si la vida de el se hubiera transmitido por esa lagrima ahí se veía el dolor y odio que le tenia al resto de personas que solo lo despreciaban. Entonces Maria se le acerca para consolarlo.
- Tranquilo señor, no se preocupe todo estará bien – Deciden sentarse en la banca donde Maria estaba antes para relajarse. – Y por cierto, ¿con quien tengo el gusto de hablar?
- Carlos – Contesta el hombre con una voz sombría y confusa, como si no hubiera dicho esa palabra hace un buen tiempo por que a nadie le había interesado preguntarle. Entonces sonrió.
sábado, octubre 17, 2009

Suave como el Aire

Cómo me alegro de verte, de poder mirar esos ojos; siempre brillando en la oscuridad. Que me tranquilizan, me calman por dentro. Cada bocanada de aire se siente menos espesa, más fresca, más pura, sí, eso más pura. Sera que fue todo simple coincidencia haberte encontrado. Mis pensamientos se exparsen cada segundo cuando estoy cerca de tí. Éstos se apropian de mí, dandome esa dulce nostalgia, aquella peligrosa nostalgia. Ahora el mundo se ve mas tranquilo, con menos complicaciones, porfin, puedo reir y sonreir y disfrutar. Que hoy el día se ve mas iluminado, y las sombras menos agresivas. Dame tu mano, qué suave, que ahora me siento más seguro que todo ocurrira como debe ser. Con tanto tiempo desperdiciado y ahora con tanta felicidad, poca complejidad. Que tu piel cada vez está mas suave, mas ligera, como el aire.

Y éste ambiente, que espera, que busca, que encuentra, sigue preguntandose con quien habla.
domingo, octubre 11, 2009

Obsesión Inversa

Ya me cansé, estoy harto de tí. Cada vez me sigues, me acosas, me estresas. Estoy cansado de tus maneras de actuar, de mirar y de pensar, siempre crítica y obsesiva. Miro hacia un lado y te encuentro, miro atrás y te veo, miro hacia arriba y te encuentro en un parapente volando encima de mi cabeza. Déjame respirar, que tu oxigeno de carbono no me ayuda ni un poquito. Siempre andas detrás de mí, con tus pequeños y difusos ojos encima mio. No entiendo cuando descanzas, y te relajas. Llamas por la noche y por el día y por la tarde y a toda hora. Me visualizas en las nubes y me cuentas historias juntos. Tus pensamientos son monótonos y cansancios. Piensas en lo que haremos mañana cuando vayamos al parque, o qué pelicula estarán dando. Tienes un mundo organizado y te fascina vigilarme cuidadosamente. Algunas veces quiero escaparme de tu mirada, cerrarte los labios, e irme lejos, muy lejos, de tus suaves manos. Sigues y sigues y no cambias, por qué no miras un momento al cielo y repasas el momento sin seguir mis saltos. Cada vez que te veo te emocionas y me emociono y hablas y me callo. Me asfixias con las palabras y las múltiples evasivas miradas diarias. Me hartas y me oprimes. Y sin decir lo tanto que me desesperas.

Y hoy no te veo. Tus miradas desvanecieron. Miro rápidamente atrás y no encuentro tus ojos, ni tu rostro, el cielo anda claro sin ningún pequeño punto volando. El aire está fresco, pero sumamente frio, congelando mis pulmones. No he escuchado tu palpitar en mi cuerpo, ni una sola vez. Tu suave rostro está ausente y tus finos labios callados. Ninguna llamada, ni la más remota posibilidad de un pequeño timbre que suene con ecos en mi cabeza. Te busco evasivamente, corro sin encontrarte, miro atrás, nada, miro arriba, y con solo el aire me encuentro. Me estás poniendo nervioso, me monto en un parapente en el aire, buscandote con unos binoculares pesados y negros. Los edificios me quitan toda visibilidad, y la sombra de los árboles no me dejan pensar. Te veo en cada nube, en cada pájaro. Entonces corro nuevamente, me dirijo a tu casa, está vacia, ningún rastro de tu existencia. Grito tu nombre para que de un eco en cada cuerto de la ahora iluminada ciudad. Leo tu nombre en cada pared, encuentro tu esbelta silueta en cada esquina, oigo voces pero en ninguna la tuya. Ahora no te encuentro y te busco, te prometo que te buscare toda mi vida, pero tan sólo no me digas que aprendí ésto de tí.
martes, septiembre 29, 2009

Continuos Defectos de la Realidad

De no haber dudado de las escaleras, nuestro valiente caballero hubiera podido rescatar a su hermosa Dulcinea. Deja que suba y suba y se encuentre en el último cuarto de la última y mas alta torre de todo aquel fiero castillo. Con emoción corre y grita de extasis, tanto tiempo ha de guardar aquellos sentimientos. Sus pequeñas venas apunto de estallarse de la sangre que recorria rapidamente su esquelético cuerpo. No hay mas que dudar, no hay que pelear mas contra hechiceros ni gigantes. Respira fiel caballero, respira hondo mientras que todo el pueblo se encuentra reunido al otro lado, para recibir a la bella princesa. Abre rapido aquella puerta, que cuando entres encontraras solo la fria brisa del aire sobre tu debil armadura. Que ella está donde de verde a rojo se va, todo vuelve a la realidad.

Aposteriori-Defecto de la Realidad