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sábado, marzo 02, 2013

La sencillez que seremos



Nos atrevemos a juzgar a alguien por su falta de identidad, sin saber que somos nosotros mismos los que no sabemos siquiera definirnos. También corremos la cara a la pobreza, al hombre que pide monedas en medio de los viejos buses en la ciudad después de cantar con voz gastada y ronca. Le huimos a la realidad en la que estamos sumergidos, en donde no tenemos quién nos quiera y nos diga que aún podemos valernos por nosotros mismos. Tanto le corremos a la felicidad, al nivel de nunca saber verdaderamente cuándo lo fuimos, en su inmediatez lo vemos como un hilo delgado al que no queremos nombrar ni tocar, por temor a romperlo.

La vejez del centro debería ser suficiente presagio como para legitimar sus mendigos, sus tristezas y faltas de migas. Entre ausencias que aún roncan, en medio de vasos y vidrios rotos de sábados alcoholizados, fruncen el ceño cuerpos que hace años dejaron de vivir. La ruta es lenta, con un compás de aire espeso, ahogadizo al respirar, en el fondo no quiero respirar esos pesares, me rehúso a respirar la pobreza. Soy ignorante, como tantos, en temer a lo que no conozco, sin siquiera darle una oportunidad a un desalmado. De nada sirve que el rugido y quiebre de cada parada del bus, cantando junto al zumbido de charlas afuera del cristal por el que me arrimo, por el que me incluyo y a la vez me defiendo, de ese mundo de golpes y polvo. El régimen de gris evita simpatía al roce de manos, el soplo de un viento que no atribuye felicidad, el mismo aire que respiro, caliente y fogoso, en donde pareciese insípido a los cuerpos caminando hacia una y otra dirección. Afortunadamente somos seres de costumbre, de rutinas inconclusas que evitamos a toda costa en el momento en el que queremos ser nosotros mismos. La calle más rota que las botellas, pequeña autopista de muertos, mantiene su postura indolora ante zapatos sucios y frecuentes balas de saliva. A pesar del frío que tuve en la madrugada, la tarde estaba consumida por un sol picante. Fuera de foco, se verían sombras sin tronco, persiguiéndose unos a otros sin razón alguna, extraídos de alguna referencia arrojada al albedrío de un llamado de hija
y un latido de padre. Dejé de encontrarle razón a estar inserto en un mundo en donde me hundí en la música de mis audífonos, al que no iba al ritmo de absolutamente nada en ese cuadro gris. Evitaba darme razones para querer estar allá, descubrir todo aquello a lo que le temo, a los cuchillos sin querer ser otra noticia de un amigo muerto. Pero tan sólo quizás, podría bajarme del colosal bus en el que viajaba, a su ritmo de cáncer de pulmón terminal de algún viejo y encontrar en medio de toda la miseria que mis ojos veían, aquello a lo que era ignorante.

La música de mis audífonos me daban certeza que seguía protegido, alejado del frío que sufrirán los humanos de ese paraíso en las noches. Seguía civilizado, con mi pinta de educado e incrédulo a las verdades que arrojaba la mujer que entró cojeando pidiendo limosna. De no ser porque me quité un audífono velozmente, impulso causado por el morbo que invadía mi mente de unirme al gallinero humano que era la calle peatonal, no me habría dado cuenta de la existencia de aquella mujer. Decía algo así como tantas otras que había tenido que oír desde que había llegado a la ciudad. Usualmente las miraba mal, jamás les había dado una moneda porque vivía con la idea de que la operación de sus hijos y la falta de techo eran mentira, en cambio a dar las monedas a estos fines las usarían para comprar bóxer o perico. ¿Pero quién era yo para juzgar la veracidad de lo que decían tantísimas personas, en tono suplicante y lloroso? O inclusive, quién era para erradicar las mentiras que arrojaban, sabiendo que todos en el fondo decimos más mentiras que las que quisiéramos aceptar.

Fue entonces cuando que apareció un hombre vistiendo una chaqueta más usada que la hipocresía, descalzo y con un pantalón café que seguramente inició siendo gris. Sus pies mugrosos y fríos en el asfalto, bailaban, su cuerpo retumbaba con una sencillez que personalmente jamás he podido experimentar. Me daba la espalda, pero se notaba que estaba comiendo algo, mirando la entrada de algún antro. Su pobreza era el eco de la fauna del centro engañoso y peligroso que nos inculcan desde pequeños. Aunque bailaba con pronunciada felicidad, no estaba al compás de la música de mis audífonos. Decidí quitármelos por un momento, moría de curiosidad de saber a qué le bailaba aquel viejo destartalado. Primero me encontré con ruido, pasos y frenos de los múltiples buses en la zona. Las tiendas con letreros mal escritos y de escaza iluminación capturaron mi atención. Debo admitir que en tanto bullicio, casi pierdo de vista a aquel viejo el cual se movía sosteniendo su cuerpo sobre un solo pie y luego sobre el siguiente. La música a la que le bailaba ese hombre, sorpresa para nadie, era algún mariachi desconocido en mi vida, proveniente de un casino de mala muerte. Aún así, el disfrute del hombre florecía el gris, le daba razón de brotar al pasto que se oculta tímidamente bajo el asfalto, por temor a morir tan rápido como se asomó al sol. Era una sencillez tan increíble y una felicidad genuina en medio de su pobreza absoluta, que hasta cierto punto se la envidié. Me lo imaginaba sonriente con cada bocado y con cada nuevo instrumento del concierto invisible al cual él solo acudía. Nunca le conocí el rostro, ni le conté las migas perdidas en el pelo con el que contaba, jamás le vi la sonrisa que me imaginé que tenía ni el tipo de pan que comía. Sin embargo, le conocí a través de la sonrisa que me dejó, por la sencillez que quise encontrar en mí, por las ganas de por primera vez en mi vida, quedarme allí bailando junto a él, al ritmo del mariachi o la champeta que después sonó. Ahí, junto a tan poco, significó un impulso ahogado, porque a fin de cuentas nunca me bajé del bus, sino hasta que llegué a la calle en donde vivo. Sin saber jamás su nombre, me di cuenta que yo no era maravilloso por lo que tenía, ni por lo que quería ser, sino por haber tenido la oportunidad de ver la felicidad más pobre del planeta. 
domingo, julio 25, 2010

Danza de Siluetas


La sala parecía una floristería humana, cada cuerpo poseía una silueta distinta. Los sombreros anticuados y antiguos del trío inseparable de viejas destartaladas creaban cierta ambigüedad en los hechos, de por sí ya curiosos. Sentadas con miradas discretas en la esquina estaban las tres sombras con cabezas deformes, acercándose como un compás una con otra, chismoseando sobre el resto. La diminuta mesa enfrente del trío sólo era capaz de sostener tres pequeñas copas de vino blanco; por fortuna nadie se acercaba a dejar el soplido por temor a tumbar la mesita. Rodolfo hacía dos años que no veía a tanta gente conocida reunida y por ello sentía un placer inagotable, un sudor de orgasmo.
Sus arduos años en la guerra, luchando por una razón más bien falsa, le habían recortado su memoria. Pero con todos en aquella sala sentía una unión íntima, casi desmesurada y apurada. Él, extrañamente, tenía una urgencia por besarlos a todos, invitarlos a otra ronda de cerveza helada y seguir echando chistes hasta el fin del mundo. Cada invitado oportuno se iba acercando de vez en cuando a él, ya que Rodolfo perdió sus dos piernas en un encuentro fúnebre cerca de playa con sus supuestos enemigos. La colorida fusión de colores y movimientos provenientes de la pista de baile dejaban un aroma impregnado de risas. Sus tres hijos corrían radiantes salpicando abrazos al aire, adornando la belleza de su segura madre. Sin la necesidad de que alguien se lo dijera, Rodolfo sabía que todos, secretamente, habían venido a verlo. Él era el centro de la reunión, y aunque no pudiera danzar al ritmo de los tambores, su desvelo enamorado marcaba una transición espiritual, de un mundo a otro.
Eran pocos, en la bastedad de la sala, los que no andaban saltando de la emoción, rozándose de goce. Todo para Rodolfo era maravilloso, lejos de la asfixiante humedad y las monótonas noches en la selva. Ni siquiera extrañaba las estrellas, las absurdas cantidades de constelaciones visibles en los topes de los árboles. Según él ya ni las necesitaba, su rigor por pedir deseos de auxilio había acabado. El concreto de las solidas paredes protegía su alma; lo dejaban descansar, disfrutarse nuevamente. Cada mil latidos, porque los contaba, el señor corto y grueso de su derecha cantaba una canción, de su cuerpo transpiraba una dulce melodía. Por fortuna con cada verso cantado, las siluetas se movían como olas multicolores al son de cada onda auditiva.
El ruido sublime de gestos y besos adornaban la desnuda sala, excepto por la cedida mesa de té. Mientras el juego coqueto de brazos y piernas continuaba, Rodolfo, expectante, olvidaba sedientamente toda imagen de balas voladoras, de esperanzas invisibles, de ríos turbios. Quizás lo único que lo devolvía a la extraña realidad era la ausencia de puertas y ventanas. Ignoró éste hecho por simples cuestiones de orgullo y ocurrentes delirios. Sin embargo, la razón obvia a aquella alegre situación, era cómo patéticamente Rodolfo intentaba mecerse de un lado a otro, bailándole al vacio, anhelando lo perdido.
viernes, junio 11, 2010

Desgajando el Universo


En las parcelas fosforescentes
con nubes apacibles
hechas de espuma espesa
y un mar aéreo extenso,
las ondas andan simétricas.
Los cuerpos gomosos,
ritmos fréneticos
de sonidos africanos
agridulces frente al suspiro,
anhelando el goce oportuno.
Pienso desgajarlo lentamente,
consumirlo a pedazos suaves,
o devorar, el universo
antes de que suene el timbre
como el titán del tímpano.
Coger cada latido y suministrar
el calor de cascabel
y roer y moler sin pena ajena
hasta el diminuto instante
de asombrosas proporciones
escalando la brecha eterna.
Pienso desgajarlo sigilosamente,
pienso devorarlo ardiente,
pienso roerle el aire
rodeado de figuras
conocidas y ausentes,
amplias y carentes.
Mientras desgajo el universo
miles de olas se estrellan,
luces se encienden,
cientos de vidas se emprenden
bajo la sombra del sofocante ardor,
otras, más habiles disfrutan,
como atentos espectadores,
el fin del mundo,
mientras yo, en éxtasis,
me desgajo, hambriento, nuestro universo.
jueves, mayo 13, 2010

Mirando a Través

Si el río es tan ancho
que puedo derivarme
pensando que tu rostro
estará en un bote
de rosas y fieles
con estrellas verdes.
Esperando sigilosamente
mi voz sobre tí,
sobre todo aquello
increíble y junto.
Mirando a través
de tus ojos de cristal,
claros y marrones,
mientras oyes todo
lo que conlleva mi vida.
Aunque no pueda subir,
el agua jamás me ha parecido
más calma y suave
cuando miro los horizontes
de tu gentil mirada.
Dimensiones arriesgadas
absorbiendo el tiempo
en su magnitud coloquial,
en su grandeza inmortal.
sábado, mayo 08, 2010

Instinto Animal


El Señor Mauricio nunca lo confesó, pero siempre se sintió como un animal. Un ser libre cuando estaba cerca de la naturaleza, parte de ella como una larga raíz. Le causaba una increíble fascinación todo lo relacionado con los árboles, el cambio del clima y los seres vivos que habitaban dentro y fuera del claustrofóbico pueblo.
Alguna vez cuando era más joven vivió en la ciudad. Pero el gris y el concreto lo mareaban todos los días. Se sentía tan fuera de su ambiente que optó por el delirio temporal. Poseía una gran lucha interior, a las mujeres de mayor edad, todas vulnerables siempre las quiso morder y picotearlas. Mientras que a las niñas que caminaban por la acera en la noche, siendo alumbradas por todas las luces de la gran ciudad, quería acompañarlas y cuidarlas. Paredes enteras de brillos deslumbrantes, infinitas cantidades de avisos adornaban los rascacielos infernales.
Fue ahí cuando decidió que por el bien de los habitantes, y de sí mismo, debía huir a un lugar más salvaje. Exageró un poco al querer vivir en una isla solitaria, donde el olor de pescado pútrido era lo único que lo acompaña. Estaba tan solo en aquella isla que sintió que lo encerraban las paredes invisibles de los largos acantilados. El eco formado por el fuerte viento lo dejó casi sordo, y el estallido de las olas le daba la lúcida imagen de bombas militares; cosa que inmediatamente relacionaba con la civilización y por ello odió desde entonces el mar y la arena de vidrios. Luego de saciarse de que su casa viviera llena de algas y cascarones como de gruesos arrecifes, optó por un clima más frío, de ahí se le ocurrió cerca del Everest. Sin embargo, la absurda baja temperatura sideral lo ahuyentó en tan sólo dos semanas. La nieve, aunque le causaba gran fascinación, no era tan gran cosa como para sufrir toda una vida, enterrándose bajo las criminales cantidades de nieve que caía diariamente.
El Amazonas quizás fue su localización favorita, intentó hacerse amigos de los monos y panteras. Las serpientes lo amenazaban cada noche y el ruido nocturno del temblor de las ranas no lo dejaba dormir tranquilo. La escasez de luz solar que llegaba a los pies de la selva lo enfermó aunque él no lo quisiera. Además, el aullido de los monstruosos tractores destruyendo el alma de la Amazonía, le quitó cualquier encanto al húmedo lugar.
Cansado de buscar, encontró un intermedio entre todo lo que quería, cantidades de árboles para abrazar y besar; estando lo suficiente lejos de las nubes de ceniza y hierro. Ahora, el lúgubre pueblo se enfrentaba a un diluvio universal desde Abril. Extrañaba la rara presencia de la Señora Reseca, mirando el suelo, abastecido de calor y sudor.
Lo que más le emocionaba de todo el pueblo era aquel grandioso árbol ancestral. Con sus laberintos de ramas, cubiertas por musgo. Las pequeñas aves de colores, como pinturas de los años veinte, lo enamoraban todos los días. Se encontraba tranquilo cuando salía a untarse del júbilo tronco de su Meca. Se moría de la rabia cada vez que los insolentes niños traían estragos a la pacifica tarde de contemplación. Al principio alcanzó a pensar que la fuerte lluvia los ahuyentaría, pero su instinto animal, aún no perfeccionado, le falló, ya que los niños salían a lavarse bajo la tormenta, mientras que los rayos alumbraban sus genuinos rostros. Hacía años que no llovía en el pueblo, y mucho menos con tal fuerza. La neblina y la pantalla de lágrimas de las nubes le daban un aspecto místico al árbol, un aura de belleza trascendental.
Si es verdad que cada encuentro con la naturaleza se le hacía único, también es verdad que todos sus intentos por tener mascotas eran fallidas. Bueno, nunca se atrevió enserio, pero la sola idea era tan absurda como su obsesión por ladrarle a las abuelas y estrangular de cariño a los gatos. Tan sólo lo intentó una vez, un hermoso canario rojo que revoloteaba por el cuarto libre de artículos humanos. Era tan especial el pobre canario que adoptó una personalidad. Al cabo de dos horas, el Señor Mauricio se lo tragó.
viernes, abril 30, 2010

De Costumbres y Otros Recuerdos

La casa de la Señora Reseca estaba adornada por unas cuantas flores, tapando las indiscutibles manchas de las paredes. Los muebles tapizados de colores más bien fúnebres desde hace media década yacían solitarios en medio de una sala poco habitada. Las visitas eran escazas desde que sus dos hijos menores murieron cuando fueron a una caminata al río del pueblo.
Desafortunadamente, el menor de toda la despedazada familia, Riardo, ingenuo y torpe, tropezó contra las piedras al cruzar el desbordado río. Su hermano, en medio de su interminable angustia y terror, vio cómo el río se teñía de color rojo aterciopelado. Para rescatarlo, intentó ayudarlo, pero el cuerpo de Riardo, no muy pequeño comparado a él le impidió salvarlo. Es más, se supone que cuando lo ayudaba su hermano cayó de cabeza hacia una de las rocas del río, partiéndose el cráneo. Creando dos bultos llevados por la corriente eterna.
El resto de la familia había huido por la violencia vecina. Sin embargo, los personajes más insólitos permanecieron en el pueblo de mala muerte hasta el final. La sopa que andaba preparando la Señora Reseca tenía un olor ácido y denso. El sofocante calor ahogaba a la Señora Reseca, el vapor expulsado hacia su sombrío rostro creaba una gruesa capa de sudor en su frente. Decidió dejar que la sopa continuara calentándose mientras salía a caminar por el desértico pueblo. Su vecino, Don Clentijo siempre dormía en la hamaca de su pequeña terraza. El periódico de hace unos años siempre cerca sobre una empolvada mesa gris. Los lentes, más grandes que los puños de Don Clentijo estaban en el suelo, acompañando los rítmicos ronquidos de Don Clentijo. Vestía un chaleco anacrónico, rojo y vivo, el cual le disgustaba a la Señora Reseca, siempre le pareció raro cómo en medio de aquel insoportable calor, alguien de más de sesenta años podría soportar un grueso chaleco. La verdad era que Don Clentijo sólo lo usaba cuando salía a su terraza, su casa, sin ventanas ni más color que el de la desteñida madera, reposaba cerca de dos árboles secos.
En la casa de la esquina, abandonada desde hace dos décadas por los dueños originales, afortunados de poder huir antes de que la violencia se aproximara. Estaba inundada por ratones y una vieja de mirada soñolienta y desubicada. Las frágiles paredes se pudrían con el cuerpo de la pobre vieja. Extrañamente, los arbustos de enfrente eran los más coloridos y fuera de lugar de todo el pueblo; grandes y robustos, abundantes de rosas y flores multicolores como los arduos atardeceres. La Señora Reseca no había sabido de la vieja desde hace un par de semanas, pero el humo de la desechable chimenea delataba la presencia de ésta, cocinando sus ratones con guisantes.
La plaza principal estaba desolada, excepto por un par de perros recostados bajo la humilde sombra del árbol arcaico que posesionaba el centro y corazón del pueblo. Perdía la noción del tiempo cuando caminaba, siempre le había sucedido. Inclusive cuando salía al monte y se encontraba con su amante, a escondidas de toda la familia, con quien tuvo a Riardo. Nunca supo bien si era por las agridulces sensaciones que le causaba el monótono sendero del pueblo o era por su espíritu romántico. Las piedras del suelo se calentaban a temperaturas casi imposibles de soportar, pero la devoción que la Señora Reseca siempre ha tenido por caminar en las horas menos transitadas la han hecho inmune a éste efecto.
Nunca fue muy fanática de los animales, pero los respetaba por ser parte del ciclo natural. En cambio, el dueño de la tienda, el Señor Mauricio, andaba abrazando árboles y acosando ardillas cada vez que podía. Por esa razón había instalado su tienda en la plaza principal, para permanecer cerca de las raíces del árbol en forma de caracolí, enredado y ensimismado, pero sumamente enorme. Tenía el aspecto de un hongo gigante, con miles de ramas hacia todas las direcciones, abriéndole campo a la imaginación. Él había hecho cientos de pancartas en contra de la basura en las zonas verdes, pero los niños siempre las rompían a los cinco minutos de estar colgadas.
Mientras caminaba, la Señora Reseca, miraba a su alrededor, disfrutando del pueblo, que algunas veces lograba despreciar, pero en tardes calurosas como ésta, era cuando más lo apreciaba. En el monte, le llegaron memorias nostálgicas de noches de pasión bajo el resplandor de la luna llena. Untados de hojas secas y tierra húmeda, pelo despeinado y cachetes sudados, lejos de su esposo y el drama que envolvía su existencia. Se sentó cerca de la roca donde vio por última vez a su verdadero amor, intentó llorar un poco, pero las lágrimas no le salían. En medio de su contemplación le llegó la vívida imagen de la sopa hirviendo, quemando la casa de su vida. Será mejor que se devuelva.
miércoles, abril 14, 2010

La Última Cometa

Los ligeros cambios en la dirección del viento procuraban una buena tarde. El sol en lo más alto, ardiendo y quemando las frentes de los seres que miran hacia el cielo, la lluvia de cometas. Sohrab sabía exactamente cómo eran las competencias de cometas en su país natal, sin embargo en la Gran Manzana era sólo para el disfrute de los demás. El cielo multicolor, teñido por texturas e infinitos tonos. Familias enteras sentadas en el pasto más verde y vivo del mundo, con su pita estática, algunos con una extensa cola de moños para poder reconocer sus cometas en la bastedad del techo multicolor.
El calor sofocante de Afganistán lo invadía, mientras recuerda los tiroteos, los gritos y lagunas de sangre en el suelo. La pobreza extrema, la violencia que consumía a todos, devorándolos vivos con el mandato del Talibán.
Decidió rechazar la memoria invasiva al fijarse en las cometas moviéndose de un lado a otro. Domadas por el viento. De vez en cuando se ve una acrobática, dominante ante los demás. Estaba tranquilo, disfrutando de la vida en América, lejos de la sangre, del dolor, de las generaciones muertas. Los árboles verdes le daban un aspecto fantástico. Sohrab se dejó absorber por las cometas, por el vaivén de cuerdas. Gozaba de cada color con sus figuras respectivas. Aunque sus favoritas eran las de forma en diamante, le sabía a su niñez, un poco perdida y hueca, sin embargo, siempre presente. De bombas y aullidos, ojos de las mujeres, miradas de sufrimiento.
Las miradas amables de todos los que contemplaban el espectáculo, en medio de un mar de rascacielos y bloques grises, muy distinto a su vida en Afganistán. Las cometas lo consumían hasta que quedó fuera de la cordura. Veía monumentos de sangre, metales rotos, árboles desapareciéndose, llenando su visión de movimientos bruscos y frenéticos. Todo parecía estar fuera de foco, como ondas de erupción, mirando a través de plástico. Las cometas permanecían en el aire, pero las balas la derrumbaban. Los niños corrían, escondiéndose debajo de otro cadáver.
La brisa estancada llenaba los pulmones de polvo, reteniendo cualquier intento de sobrevivir. En la locura del momento, intentó volver a la tranquilidad del parque, lejos de las explosiones y la muerte. Cerró los ojos fuertemente y sólo se concentró en su cometa, ahora era la única en el aire. La cuerda gastada y vieja por los años estaba a punto de romperse, perdiendo la cometa, su oportunidad de volar hacia la libertad.
Al abrir los ojos, se encontró nuevamente en su sueño, como si todo hubiera sido un leve delirio temporal. Disfrutó de su cometa, que extrañamente era la única volando en ése momento. Sonriendo y mirando a su alrededor, se encontraba absolutamente solo, las risas de los niños abandonaron el lugar, al igual que los caminantes y observadores. A unos cuantos metros sintió la presencia de una pistola apuntándola a su espalda. El escenario cambió drásticamente, la naturaleza desvaneció y toda la bastedad de edificios de la icónica ciudad se fundió junto a la mugre y los llantos de su tierra.
viernes, marzo 19, 2010

El Resplandor del Parque


Hay veces que me desconozco. Aquellos momentos en los que no hago lo habitual y un espíritu controlara mi cuerpo, suelto a su merced. El ferrocarril suena con un duro traqueteo entre los balances y movimientos de cada vagón. Los picos de las montañas tienen un aspecto deforme y gracioso, tocando los cielos con la punta de sus áridas manos. Mientras las aves decoran la atmósfera como estrellas fugaces del sol. Siempre presente el parche gris que tiñe el fondo azul se asoma hacia el oeste, dedujo el conejo travieso que ésta esconde. Cada media hora de viaje el terreno cambia, con cada nuevo color predominante también lo hace mi humor. El verde de las copas altas, aunque algunas secas, me confunde, cuando sigo fijándome en mi reflejo en la transparencia del vidrio del vagón. Ando solo, curiosamente el vagón sólo posee un conejo que revolotea por todos lados, untando de blanco la tapicería negra de los muebles. Aún no estoy seguro por qué tomé el tren. El ansia de ver la próxima parada disminuye con cada latido y cambio de frescura de la vista. Me calmo y me dejo llevar por la segura serpiente en el recorrido escurridizo por paisajes variados como las perspectivas. Los leves rayos de sol aún entran iluminando el rostro curioso. Pero aún más extraño es la absurda distancia entre cada parada, sin embargo en la bastedad del terreno no he encontrado a un solo cuerpo humano divagando por el lugar, observando lo que pienso. El reloj se detuvo hace un tiempo, en realidad poco me interesa, prefiero ver el ocaso más poderoso del mundo. Los rayones anaranjados y rosados de crayón se desplazan en cuanto se difumina el sol bajo la planicie marrón y es absorbido por la gravedad universal. Cada latido se personifica con el creciente mar de diamantes espaciales. Espero a que pronto aparezca una gran sonrisa voladora, sin embargo, nada sucede. El silencio domina la escena y me consume. A pesar de que la próxima parada nunca venga, sentí por primera vez, que podría estar ahí, sentado, observando una y otra vez lo maravilloso del cambio de la naturaleza, por el resto de mi vida.
lunes, marzo 01, 2010

Fooled by Realm


Depth into bright light, no sound, no rise. For whom shall I wait for, when time is distant and sorrow is flawed. Take the flight before dawn comes closer and the screams become gasps of thin fluid air, blowed and wiped by myself. When nothing is round and it's all around, then shall our souls seek revenge, so tender, sweet, unsettled rage. Rough cheeks follow the touch, but its ending point isn't declared, unless the lips finally unite. No kiss is true, always fake, low standard categorization of surreal lines in my head. Tonight, smiles are cold and hands become stone, charity is stolen due to its lack of corruption. Now, when cities are forsaken and freedom is regulated, our destiny does not dare to ask: where is the finish line? Damned finish line, he said, no trace it holds nor its roses glow. For this life of misery and forgiveness, now its late. Where trees are tall and reality is confused, smoke comes out and colors grow. Clouds are green and eyes become dimmed, then and only then our bones will turn into flesh. Neurons are crushed and heads are turned, crime is done under a surrendered glare. Unreality of time passed by, faces never seen, sunk, not shrunk, in jealousy. Dreams may do of us what they wish, and no choices are forgotten, nor made. Joy comes out from each inhale of sweet air, its exhale is like a rush of blood to my head, no shots of pain are released, only of melancholic ecstasy. Excitement of being alive, but at the same time it is bitter by memories, in hurricane forms, blows my mind, everything becomes displaced, unarranged. Flakes of ice hurry to be absorbed by the white ground, distortion they fall, cruel, harsh days of winter come. Seasons, all alike, of time, weather, love and above all, of madness. Twisted thoughts coming from the crowd, who cheers and kisses; brainsick fools. All fooled by the world, and its content; isolated by alternated lives, which result to be connected, bonded, and the same ending, dead and lame, no heroic actions are involved. Reason becomes lost in uneven memories and the emotions carried to the edge, shapeless, endless. Although memories have become flashlights, now life itself hollow.
jueves, febrero 25, 2010

El Traslúcido Rostro

El traslúcido rostro
del corazón de arena
vuelto claro vidrio
sin vapor del agua.
Oculta en su fina
silueta las entrañas
más frias del desierto,
donde de noche se
oculta y chilla fuerte.
Suaves caen las gotas
del resplandor del amanecer,
acompañado por el alba dorada
difuminando el plateado
entorno de su existencia.
La escarcha enamora
la atmósfera arrimada
de los años verdes
y labios escarlatas.
El celeste de sus iris
reflejan el espasmo
del tiempo libre y ruidoso,
del llanto sonriente.
Ahogado en un mar de lilas
mientras la luna de estaño
le danza al niño pequeño
que en sus manos, de vinagre
y rosas plateadas, esconde.
Recuerdo de la conciencia
y el cuerdo perdido
halla en el fondo del alma
el momento sufrido
pero más que aquello
un sublime sentimiento
de risas y besos
de contornos suaves
con melcochas y mangos
bajo el colchón de algodón.
Aquel traslúcido corazón
con rostro de arena
sin vapor se encuentra
la vista de vidrio
en la que se expresa,
en su esencia y calma,
la belleza del vivir.
miércoles, febrero 17, 2010

Restos de Guerra

Su vestido, color escarlata, brillaba cada vez más, con gran intensidad. Sobre aquella piedra perfecta, de forma ovalada, un escenario para la bailarina, la pequeña bailarina. Sus pequeños y vírgenes labios extendiéndose sobre su suave rostro. El vestido de terciopelo se mecía de un lado a otro, con gracia y delicadeza. El escenario estaba listo, su audiencia la aclamaba para que hiciera su gran acto, los aplausos llovían fuertemente. Los nervios la succionaban, obligándola a esconderse detrás del telón de aire. Las olas del mar orquestaban el lugar, y su olor de frescura recorría la fina silueta de la bailarina. Todo se sentía tan seguro, sin importar lo que fallara su sonrisa permanecería, llena de felicidad. La pequeña, pero confiable, pista de baile poseía unos diminutos bultos en su superficie, mejorando el equilibrio al danzar, ya que la lluvia había humedecido la playa la noche anterior. Ya estaba lista, había practicado su rutina cientos de veces, cada paso es esencial, cada gesto de delicadeza es fundamental. El sol radiaba sobre su frente, llenándola de sudor, al igual a su audiencia de cangrejos y conchas rotas.
La playa, sucia y plateada, poseía grandes cantidades de objetos metálicos y añicos de buques; la tormenta había azotado intensamente unas cuantas frias noches anteriores. Una leve llovizna cayó sobre la bailarina mientras danzaba y recibía cumplidos de todos los seres marinos cercanos. Enamorada de sus emociones, ella seguía moviéndose como un disco sinfín; que siga danzando, no pares el tiempo, no detengas los pies. La mañana aún tenía una atmósfera sombría, siempre recordando a todos los cuerpos marchando hacia sus propias muertes, ingenuos defensores de la paz. Balas perdidas en el suspenso de la dulce playa, esta tierra muerta que ahora recobraba vida con cada zapateo. Bombas de venganza danzaban con ella, de un corazón ya vació, asesinado por su mente inocente. Sus pequeños pies bailaban al ritmo de tambores de guerra, explosiones e himnos de desesperación. Amelia gritaba de euforia, no podía parar, éxtasis en todo su cuerpo, ganas de volar, donde la verdad es mentira y el mundo está más cuerdo. Cada sonrisa aumentaba su ritmo, saltos de alegría realizaba sobre sus espectadores ermitaños.
Las olas explotaban sobre su escenario, como pólvora, dejando un suave rocío color plateado. Mandaba besos al aire, sonrisas al vació. Entonces reconoció a su madre corriendo hacia ella, con la boca abierta de gritos, parecía llena de energía, gritando frenética. Ella sabía que le había encantado el baile a su madre, mientras corría hacia ella. Con cada paso aumentaba la velocidad, no quería perderse el gran final. Amelia bailó más rápido y con un rostro más radiante cuando vio a su mamá corriendo como nunca hacia ella. La diminuta bailarina entonces reconoció la cara de angustia de su mamá, aterrorizada del inevitable porvenir. Entonces se escuchó un gran estruendo, un enorme sonido de destrucción proveniente justo del escenario de la bailarina del mar, acompañado por un temblor. Una lluvia de arena se elevó hacia los aires, una explosión, de dolor e ingenuidad, de ojos hacia atrás, de mirlos voladores, domando el cielo. Cuando terminó el acto algunos lanzaron rosas blancas, otros margaritas, hacia el pequeño cofre, de negro, de un beso, de un viejo, de un clero, con un par de zapatillas rosadas que nunca más se volvieron a mover.
sábado, enero 30, 2010

Adiós a Enero

Ya es el final de Enero,
y he decidido despedirme.
El principio del año eterno,
todo lo que se ha podido decirse.
Defender los principios,
conquistar las colinas,
cuando brotan los lirios
y se recorren las millas.
Es el mes de los reyes,
y he decidido despedirme,
dar un aplauso por lo que eres,
y otros cuantos por el cisne.
Empiezan a florecer los guayacanes,
sonrío por éste enero,
por aquellos vivientes en volcanes,
y saludo firme al bello Febrero!
domingo, enero 24, 2010

Mientras Llueve

En la dulce mañana sentí
por primera vez en el año
las gotas de la lluvia
sobre mi cuerpo
enfriando el instante
cautivando el recuerdo

recogiendo la sonrisa
de cada gota estallada
sobre las figuras
del siempre claro cielo.
Las nubes agradecen
al alma impertinente
que llora con sus gotas
que clama cada aire
que ama su estación.
Mira, querida, arriba
mientras está lloviendo
claro contra el vidrio,
ríe antes de que vuelva
la fogosa neblina

y el estallido del cartón.
lunes, enero 04, 2010

En Cuanto a las Viejas Luciérnagas


Quizás parezca un poco largo, pero si han de empezar, terminen.

Gracias por Leerme.


Después de un tiempo me di cuenta de que no había forma de salvarla. Sus ojos ya estaban hinchados y hundidos, dándole un aspecto deforme. El doctor ya ha venido a visitarla cientos de veces. También le ha mandado docenas de medicinas, todas fracasan, estoy empezando a pensar que son agua con colorante amarillo o azul eléctrico. Cada vez que la veo me es imposible no imaginarla en un cofre de madera, cuya superficie tendría un par de imágenes religiosas a los lados, como a su madre le hubiera gustado. En cuanto a por qué ella quería un cofre para su hija, me parece torcida la idea. Sus cachetes blancos, supongo que los bañarán en rubor para darles un aspecto alegre y vivo. Unos labios pálidos y fríos como hielo, como piedras, con suaves superficies. Los gemidos mudos en la oscuridad, entre enceguecidas tinieblas, y de vez en cuando, gritos sordos. Presentimientos, pensamientos, todos agobiados y descarrilados en carreteras de un fin porvenir. En cuanto al dolor, pasivo e intenso, muerte lenta, madera vieja. Quien sufre más, quien duerme o el que mira en silencio, con miedo a enfrentar la realidad. Las luciérnagas brillan, luz impertinente e indeseable, aunque pecadora. Pequeños puntos de luz voladores en las viejas ventanas, por qué no serán helados me pregunto de vez en cuando. De nuevo te miro, con un miedo agobiante, consumidor, agridulce. Con un rostro viejo y destartalado me encuentro, perdido y sin mapa en el mundo, vagando, tomando los caminos incorrectos, directo a donde todo se apaga. Me acerqué un poco más, piel erizada y descontrolada, un beso, sutil. Aquellas diminutas bolas de luz seguían dirigiéndose hacia ella, mágico lugar, de sueños perdidos. Todo lo que veo son rostros sin expresión, simples, planos, ninguna emoción, mirando, vigilando con clara intensidad, espías de la muerte, testigos del amor. No hay apoyo, ético ni moral, religioso ni celestial. Otra vez te escucho, insomnio cada noche, todo en silencio, cuando el miedo siente vértigo y la luna intimidada, de estar tan sola, sin pareja, egoísta. Con gran vigor aumenta cada sonido de dolor, ya como un sonámbulo me dirijo al pequeño cuarto, el de los enfermos, el de los muertos. Siguen brillando, su rostro iluminado no parece tan indiferente, parece envuelta en vida, resplandeciente, una indiscreta sonrisa se forma en ella, feliz la miro. Cojo el pañuelo de la envejecida mesa, lo pongo delicadamente sobre la sonrisa, tapándola, sintiéndome culpable.

Hace unos meses te vi corriendo en medio del bosque, cogidos de la mano, sonriendo, felices, radiantes. Otro beso, otra caricia, futuramente perdida, en vano. Cuando tenías labios de colores intensos y bailabas con gracia. Momentos almacenados en la memoria, esperando que no contengan enfermedades. Eras de las personas que miran hacia abajo cuando hay presión, igual que como coges las manijas por debajo y te sientas con los brazos cruzados; todos lo saben, tan obvio, a la vez tan impredecible, como armar un rompecabezas con las fichas incompletas. Colores de primavera, olores de invierno, rostros de tiempos paralelos, momentos encarcelados sin llave, aprisionados. Me encontraste, me salvaste de la caída hacia los acantilados, saltos y remordimientos, gritos y pesadillas, ahora coherentes. Cómo dejarte aquí sola e insegura, en cáscaras de huevos, en vidrio peregrino. Tanto que dar, sólo yo para recibirlo, el resto se desgasta y desvanece con el aire; diferente al polvo, que vuelve a caer, éste se va sin reaparecer, supongo que al mago se le olvidó el truco. Ahora veo que todo es igual, la noche con el día, solo las circunstancias cambian, pero aquí, donde nada es perpendicular a las cosas, no existen, nada existe. Los momentos se dan por el destino, como en el metro donde te sentaste, cerca de mi, donde pusiste tu numero, dígitos, eso es relevante, qué son los sueños, todos defectos de la realidad. El dolor continuo en tu antigua cara, no ha de esperar la noche en que paren de brillar alrededor tuyo. Investigué que comen, todas las noches llevo unos bultos de arroz cocido, no puedo dejar que dejen de iluminar. Como espíritus se ven alrededor del cuerpo de piedra que posee la cama. Luego bajo a leer el periódico de el mes pasado, tantas veces lo he tenido que leer, los libros, donde se hospedan las termitas, hoteles, comunidades enteras, me acompañan. Familias completas, caminando en el papel, la devoran; después continuaran por acabar la casa, toda de madera, cuando se derrumbe, espero estar adentro para acompañarla, por eso las motivo, además no molestan y pagan renta. Un fuerte sonido, proveniente de aquel pequeño cuarto luminoso. Corrí lo más rápido que pude, era hora. La puerta estaba cerrada, dónde podría haber dejado las llaves, quizás las termitas la robaron, esas infelices. Con toda mi fuerza golpeé la puerta, por fortuna ya estaba vieja y se derrumbó rápidamente, en cuanto entré todo se encontraba fuera de foco. Ningún bombillo volador estaba ahí, todas las luciérnagas en el suelo, frías como rocas, a oscuras en tinieblas. Lagrimas empezaron a escurrirse por mis cachetes, todo se apagó en medio del suspenso, apagón nuclear, la luna huyó, y las luciérnagas se fundieron, con su corazón.

martes, diciembre 22, 2009

Amanecer de Invierno

Calentando el Alma, gracias.
-
Los rincones del gran amanecer en un día frío con nieve suelen ser los más rojos y brillantes de todos. El calor del sol en mi piel es más intenso que lo normal. Los ojos adormecidos se van abriendo, maravillandose por lo que los rodea. Los árboles en su esqueleto, demuestran cierto confort por la brisa que los mueve solapadamente. La banca en la que me encuentro sentado, remueve los cientos de musgos que la sujetan prisionera, preparandose a librarse con la dulce primavera. Mi ser es más alto, difuminandose con el blanco paisaje. Satisfecho por mi posición intento bailarle al tiempo. El canto del revoloteo de las alas de los pájaros retumban dulcemente en mi oído. La mente en blanco, escuchando con precisión mi entorno. Mis dedos no se congelan con la espesa capa de nieve en mis pies. Aunque las sonrisas blancas se noten menos con tal bastedad de copos volando por nuestros sentidos, se sienten más significativas y calientes al alma.
Hoy no me disculpo, los primeros retoños se asoman a mi sonrisa.
sábado, diciembre 19, 2009

Winter


Ya se siente el frío en las venas de cada cuerpo. La nieve empieza a arder en el aire, enormes ráfagas como tornados blancos de pureza helada, aunque sin alma. Los ojos permanecen más húmedos al llanto, así transformandose al poco tiempo en cubos congelados. Incluso las miradas son más solapadas de lo usual, y cada mentira se hace más cierta. Las familias cantan con fugacidad, antes de que la tristeza los predomine. Cada paso en la nieve eterna del corazón se borra con facilidad, cada huella deja de ser permanente. El abrazo de saludo es separado de los cuerpos por largas pulgadas se costura pesada, como la culpa. Después de tanto tiempo de soledad innecesaria todos se arrepienten, empezando por besar un par de zapatillas cristalinas perdidas en la vastedad del terreno blanco, extendido al infinito.

La primavera se siente lejana y ajena al individuo creyente. Las flores permanecen escondidas y sin palabra. Lo blanco que debería expresar tranquilidad, inquieta a los habitantes del mundo. Cada latido del corazón seguro es más corto, en cambio la espera del próximo pulso se hace casi eterna. El aire que se respira es más espeso, extraño a los pulmones. Mis palabras carecen de sentido cuando todo es silencio. Quizás demasiado, intimidante al habla. Los tiempos de pasado y presente se funden en uno solo, consumiendose por el futuro inerte, permaneciente al aceite contra el agua.

Perdón por no poder ver lo bueno, es tan sólo que el granizo me lo impide.
lunes, diciembre 14, 2009

Tan Sólo

Hoy tan sólo
quiero escuchar
tu corazón
cuando late.
Lograr sentir
cada respiro,
cada mirada
y cada sueño.

Entre pestañas
y suspiros
escuchamos todos
los pensamientos
más importantes:
los del alma,
aquella profunda
y pura y clara
que brilla y huele
a primavera
verde y flamante
como los rosales
del mundo exterior.

Hoy tan sólo
me importa
escucharte bien
con la mente
abierta y el
corazón sin
rasguños.

Sin tildes ni
gritos, que hieran
aquel silencio
de cada latido
que siento al palpar
tu suave cuello
escarlata de vidas
y suertes, de contras
y lienzos, de todo
con todo, de nada
con todo, silencio.
domingo, noviembre 29, 2009

El Ligero Soplo del Viento

To the Black Seventeen.
For you.
-
Las nubes me aclamaban en el instante en el que me subí a este extraño aparato, el cual se manejaba con unas cuantas cuerdas, todo en manos de una especia de tela, tenia la forma de una hamaca al revés. Me dijeron que me sujetara fuertemente, tenia los sentimientos mezclados, euforia con temor, como en el amor. Un hombre con un vestuario chistoso contó hasta diez, se suponía que tenía que correr cuando él dijera. Llegó el momento que esperaba, estaba muy ansioso. Mis pies avanzaron instantáneamente con el alarido de aquel insólito hombre, inclusive antes de que él me avisara ya se estaban moviendo, no podía detenerlos; ya que me habían avisado previamente que se debe arrancar con suficiente velocidad para no caer al vacío, cosa que no aspiraba. Cuando alcanzamos la velocidad suficiente nos elevamos instantáneamente, el escalofriante sentimiento del vértigo se apodero de mí por unos cortos segundos. Al estabilizarnos empecé a disfrutarlo, acordarme la razón por la que había venido: escaparme de la tragedia.
El suave roce del viento en mi rostro me daba la falsa tranquilidad de que todo estaría bien. Localice unas cuantas aves a unos metros de distancia de nosotros, pareciera que quisieran comunicarse conmigo, mientras hacían un dulce baile ante mis entumecidos ojos, consumidos por el llanto. El paisaje era maravilloso, pero aún así tenia un aspecto fantasmagórico, algo no encajaba en este cuadro. Extrañamente empecé a sentir la tristeza nuevamente, causado por la despedida de aquel ángel. Mi vida parecía una canción, cada latido una palabra, cada respiro una oración, pero aquel juego de palabras no me traían ningún tipo de consuelo. Intenté olvidarme de aquellos recuerdos, simplemente disfrutar el momento. Nos transportábamos por entre las montañas, unas más grandes que otras, unas más verdes, otras más opacas, como en la vida. Un repentino escalofrió se traslado por todo mi cuerpo, me encontraba siendo azotado por el viento, este aparato al que le había tenido tanta confianza, en este punto me sentí atemorizado, con el interminable temor de perder la vida. Entonces me di cuenta que esa demente idea no era una locura del todo, podría acompañarte, de pronto en otro lugar y tiempo tu rostro emergerá de nuevo.
Otra fuerte sacudida, podía ver como el aparato en el que había dejado mi vida se movía de un lado a otro. El rostro del hombre solo expresaba una sola cosa: el fin. Este horrorizado rostro aún me atormenta por las frías noches de lluvia. Cada latigazo originado en la tormenta a la que estábamos sometidos tenía un eco aun más grande en mi pecho, sentía como si se fuera a explotar, mi voz se esfumó; no podía gritar ni pedir ayuda, aunque cualquier forma de manifestar auxilio seria en vano. Cada vez nos acercábamos más a las montañas, me pareció curioso que lo que antes veía como algo sublime ahora me llamaban para consumirme vivo, aquel maniático llamado parecía seductor. Esos desgraciados cuerpos de tierra tenian un aspecto sombrio y oscuro de sueños rotos y anhelo muerto. La ausencia de toda razón, como bajo helada lluvia, resfrios míos, déjame el zoom. No tengo ganas de continuar, que me dejen caer de esta águila voladora, necesito sentir el aire en mi rostro mientras caigo, tranquilidad suprema, eso dicen. Tu rostro surgió en mi mente, por solo un instante el cual pareció hubiera querido que fuese eterno. Aún me cuesta entender como logre sobrevivir, ya que todo lo posterior a este acontecimiento sucedió tan rápido que no logre pensar, mucho menos procesarlo. De un momento a otro faltando centímetros para mi final nos elevamos fuertemente en el aire. Un grito de victoria proveniente del hombre que manejaba el parapente me confirmo que habíamos logrado escapar del remolino invisible de la muerte, desapareciendo con este la fuerte tormenta.
Cuando logramos estabilizarnos nos desviamos inmediatamente a nuestro destino. El alivio de seguir vivo fue enorme, la euforia me estrangulaba, dulce nostalgia. Los pájaros que había visto previamente seguían danzando como si nada hubiera sucedido, ya que por mucho que suceda algo, el mundo sigue, no para, no espera a alguien para que respire, mucho menos descanse. Una sonrisa la cual no soy capaz de encontrarle lugar de donde vino apareció en mi rostro aún aturdido por la experiencia; quizás aquella extraña sonrisa se desvió de otro cuerpo incrustándose en el mió, la escena tenia un aspecto irónico. En cuando el suspenso se detuvo razoné sobre como todo es de frágil, la vida por ejemplo. Con el primer soplo del ligero viento todo se mueve, como un tornado, pero aún no desaparece. Con el segundo, todo desvanece.