La sencillez que seremos
Danza de Siluetas

Sus arduos años en la guerra, luchando por una razón más bien falsa, le habían recortado su memoria. Pero con todos en aquella sala sentía una unión íntima, casi desmesurada y apurada. Él, extrañamente, tenía una urgencia por besarlos a todos, invitarlos a otra ronda de cerveza helada y seguir echando chistes hasta el fin del mundo. Cada invitado oportuno se iba acercando de vez en cuando a él, ya que Rodolfo perdió sus dos piernas en un encuentro fúnebre cerca de playa con sus supuestos enemigos. La colorida fusión de colores y movimientos provenientes de la pista de baile dejaban un aroma impregnado de risas. Sus tres hijos corrían radiantes salpicando abrazos al aire, adornando la belleza de su segura madre. Sin la necesidad de que alguien se lo dijera, Rodolfo sabía que todos, secretamente, habían venido a verlo. Él era el centro de la reunión, y aunque no pudiera danzar al ritmo de los tambores, su desvelo enamorado marcaba una transición espiritual, de un mundo a otro.
Eran pocos, en la bastedad de la sala, los que no andaban saltando de la emoción, rozándose de goce. Todo para Rodolfo era maravilloso, lejos de la asfixiante humedad y las monótonas noches en la selva. Ni siquiera extrañaba las estrellas, las absurdas cantidades de constelaciones visibles en los topes de los árboles. Según él ya ni las necesitaba, su rigor por pedir deseos de auxilio había acabado. El concreto de las solidas paredes protegía su alma; lo dejaban descansar, disfrutarse nuevamente. Cada mil latidos, porque los contaba, el señor corto y grueso de su derecha cantaba una canción, de su cuerpo transpiraba una dulce melodía. Por fortuna con cada verso cantado, las siluetas se movían como olas multicolores al son de cada onda auditiva.
El ruido sublime de gestos y besos adornaban la desnuda sala, excepto por la cedida mesa de té. Mientras el juego coqueto de brazos y piernas continuaba, Rodolfo, expectante, olvidaba sedientamente toda imagen de balas voladoras, de esperanzas invisibles, de ríos turbios. Quizás lo único que lo devolvía a la extraña realidad era la ausencia de puertas y ventanas. Ignoró éste hecho por simples cuestiones de orgullo y ocurrentes delirios. Sin embargo, la razón obvia a aquella alegre situación, era cómo patéticamente Rodolfo intentaba mecerse de un lado a otro, bailándole al vacio, anhelando lo perdido.
Desgajando el Universo

En las parcelas fosforescentes
Mirando a Través
Instinto Animal

Alguna vez cuando era más joven vivió en la ciudad. Pero el gris y el concreto lo mareaban todos los días. Se sentía tan fuera de su ambiente que optó por el delirio temporal. Poseía una gran lucha interior, a las mujeres de mayor edad, todas vulnerables siempre las quiso morder y picotearlas. Mientras que a las niñas que caminaban por la acera en la noche, siendo alumbradas por todas las luces de la gran ciudad, quería acompañarlas y cuidarlas. Paredes enteras de brillos deslumbrantes, infinitas cantidades de avisos adornaban los rascacielos infernales.
Fue ahí cuando decidió que por el bien de los habitantes, y de sí mismo, debía huir a un lugar más salvaje. Exageró un poco al querer vivir en una isla solitaria, donde el olor de pescado pútrido era lo único que lo acompaña. Estaba tan solo en aquella isla que sintió que lo encerraban las paredes invisibles de los largos acantilados. El eco formado por el fuerte viento lo dejó casi sordo, y el estallido de las olas le daba la lúcida imagen de bombas militares; cosa que inmediatamente relacionaba con la civilización y por ello odió desde entonces el mar y la arena de vidrios. Luego de saciarse de que su casa viviera llena de algas y cascarones como de gruesos arrecifes, optó por un clima más frío, de ahí se le ocurrió cerca del Everest. Sin embargo, la absurda baja temperatura sideral lo ahuyentó en tan sólo dos semanas. La nieve, aunque le causaba gran fascinación, no era tan gran cosa como para sufrir toda una vida, enterrándose bajo las criminales cantidades de nieve que caía diariamente.
El Amazonas quizás fue su localización favorita, intentó hacerse amigos de los monos y panteras. Las serpientes lo amenazaban cada noche y el ruido nocturno del temblor de las ranas no lo dejaba dormir tranquilo. La escasez de luz solar que llegaba a los pies de la selva lo enfermó aunque él no lo quisiera. Además, el aullido de los monstruosos tractores destruyendo el alma de la Amazonía, le quitó cualquier encanto al húmedo lugar.
Cansado de buscar, encontró un intermedio entre todo lo que quería, cantidades de árboles para abrazar y besar; estando lo suficiente lejos de las nubes de ceniza y hierro. Ahora, el lúgubre pueblo se enfrentaba a un diluvio universal desde Abril. Extrañaba la rara presencia de la Señora Reseca, mirando el suelo, abastecido de calor y sudor.
Lo que más le emocionaba de todo el pueblo era aquel grandioso árbol ancestral. Con sus laberintos de ramas, cubiertas por musgo. Las pequeñas aves de colores, como pinturas de los años veinte, lo enamoraban todos los días. Se encontraba tranquilo cuando salía a untarse del júbilo tronco de su Meca. Se moría de la rabia cada vez que los insolentes niños traían estragos a la pacifica tarde de contemplación. Al principio alcanzó a pensar que la fuerte lluvia los ahuyentaría, pero su instinto animal, aún no perfeccionado, le falló, ya que los niños salían a lavarse bajo la tormenta, mientras que los rayos alumbraban sus genuinos rostros. Hacía años que no llovía en el pueblo, y mucho menos con tal fuerza. La neblina y la pantalla de lágrimas de las nubes le daban un aspecto místico al árbol, un aura de belleza trascendental.
Si es verdad que cada encuentro con la naturaleza se le hacía único, también es verdad que todos sus intentos por tener mascotas eran fallidas. Bueno, nunca se atrevió enserio, pero la sola idea era tan absurda como su obsesión por ladrarle a las abuelas y estrangular de cariño a los gatos. Tan sólo lo intentó una vez, un hermoso canario rojo que revoloteaba por el cuarto libre de artículos humanos. Era tan especial el pobre canario que adoptó una personalidad. Al cabo de dos horas, el Señor Mauricio se lo tragó.
De Costumbres y Otros Recuerdos
Desafortunadamente, el menor de toda la despedazada familia, Riardo, ingenuo y torpe, tropezó contra las piedras al cruzar el desbordado río. Su hermano, en medio de su interminable angustia y terror, vio cómo el río se teñía de color rojo aterciopelado. Para rescatarlo, intentó ayudarlo, pero el cuerpo de Riardo, no muy pequeño comparado a él le impidió salvarlo. Es más, se supone que cuando lo ayudaba su hermano cayó de cabeza hacia una de las rocas del río, partiéndose el cráneo. Creando dos bultos llevados por la corriente eterna.
El resto de la familia había huido por la violencia vecina. Sin embargo, los personajes más insólitos permanecieron en el pueblo de mala muerte hasta el final. La sopa que andaba preparando la Señora Reseca tenía un olor ácido y denso. El sofocante calor ahogaba a la Señora Reseca, el vapor expulsado hacia su sombrío rostro creaba una gruesa capa de sudor en su frente. Decidió dejar que la sopa continuara calentándose mientras salía a caminar por el desértico pueblo. Su vecino, Don Clentijo siempre dormía en la hamaca de su pequeña terraza. El periódico de hace unos años siempre cerca sobre una empolvada mesa gris. Los lentes, más grandes que los puños de Don Clentijo estaban en el suelo, acompañando los rítmicos ronquidos de Don Clentijo. Vestía un chaleco anacrónico, rojo y vivo, el cual le disgustaba a la Señora Reseca, siempre le pareció raro cómo en medio de aquel insoportable calor, alguien de más de sesenta años podría soportar un grueso chaleco. La verdad era que Don Clentijo sólo lo usaba cuando salía a su terraza, su casa, sin ventanas ni más color que el de la desteñida madera, reposaba cerca de dos árboles secos.
En la casa de la esquina, abandonada desde hace dos décadas por los dueños originales, afortunados de poder huir antes de que la violencia se aproximara. Estaba inundada por ratones y una vieja de mirada soñolienta y desubicada. Las frágiles paredes se pudrían con el cuerpo de la pobre vieja. Extrañamente, los arbustos de enfrente eran los más coloridos y fuera de lugar de todo el pueblo; grandes y robustos, abundantes de rosas y flores multicolores como los arduos atardeceres. La Señora Reseca no había sabido de la vieja desde hace un par de semanas, pero el humo de la desechable chimenea delataba la presencia de ésta, cocinando sus ratones con guisantes.
La plaza principal estaba desolada, excepto por un par de perros recostados bajo la humilde sombra del árbol arcaico que posesionaba el centro y corazón del pueblo. Perdía la noción del tiempo cuando caminaba, siempre le había sucedido. Inclusive cuando salía al monte y se encontraba con su amante, a escondidas de toda la familia, con quien tuvo a Riardo. Nunca supo bien si era por las agridulces sensaciones que le causaba el monótono sendero del pueblo o era por su espíritu romántico. Las piedras del suelo se calentaban a temperaturas casi imposibles de soportar, pero la devoción que la Señora Reseca siempre ha tenido por caminar en las horas menos transitadas la han hecho inmune a éste efecto.
Nunca fue muy fanática de los animales, pero los respetaba por ser parte del ciclo natural. En cambio, el dueño de la tienda, el Señor Mauricio, andaba abrazando árboles y acosando ardillas cada vez que podía. Por esa razón había instalado su tienda en la plaza principal, para permanecer cerca de las raíces del árbol en forma de caracolí, enredado y ensimismado, pero sumamente enorme. Tenía el aspecto de un hongo gigante, con miles de ramas hacia todas las direcciones, abriéndole campo a la imaginación. Él había hecho cientos de pancartas en contra de la basura en las zonas verdes, pero los niños siempre las rompían a los cinco minutos de estar colgadas.
Mientras caminaba, la Señora Reseca, miraba a su alrededor, disfrutando del pueblo, que algunas veces lograba despreciar, pero en tardes calurosas como ésta, era cuando más lo apreciaba. En el monte, le llegaron memorias nostálgicas de noches de pasión bajo el resplandor de la luna llena. Untados de hojas secas y tierra húmeda, pelo despeinado y cachetes sudados, lejos de su esposo y el drama que envolvía su existencia. Se sentó cerca de la roca donde vio por última vez a su verdadero amor, intentó llorar un poco, pero las lágrimas no le salían. En medio de su contemplación le llegó la vívida imagen de la sopa hirviendo, quemando la casa de su vida. Será mejor que se devuelva.
La Última Cometa
El calor sofocante de Afganistán lo invadía, mientras recuerda los tiroteos, los gritos y lagunas de sangre en el suelo. La pobreza extrema, la violencia que consumía a todos, devorándolos vivos con el mandato del Talibán.
Decidió rechazar la memoria invasiva al fijarse en las cometas moviéndose de un lado a otro. Domadas por el viento. De vez en cuando se ve una acrobática, dominante ante los demás. Estaba tranquilo, disfrutando de la vida en América, lejos de la sangre, del dolor, de las generaciones muertas. Los árboles verdes le daban un aspecto fantástico. Sohrab se dejó absorber por las cometas, por el vaivén de cuerdas. Gozaba de cada color con sus figuras respectivas. Aunque sus favoritas eran las de forma en diamante, le sabía a su niñez, un poco perdida y hueca, sin embargo, siempre presente. De bombas y aullidos, ojos de las mujeres, miradas de sufrimiento.
Las miradas amables de todos los que contemplaban el espectáculo, en medio de un mar de rascacielos y bloques grises, muy distinto a su vida en Afganistán. Las cometas lo consumían hasta que quedó fuera de la cordura. Veía monumentos de sangre, metales rotos, árboles desapareciéndose, llenando su visión de movimientos bruscos y frenéticos. Todo parecía estar fuera de foco, como ondas de erupción, mirando a través de plástico. Las cometas permanecían en el aire, pero las balas la derrumbaban. Los niños corrían, escondiéndose debajo de otro cadáver.
La brisa estancada llenaba los pulmones de polvo, reteniendo cualquier intento de sobrevivir. En la locura del momento, intentó volver a la tranquilidad del parque, lejos de las explosiones y la muerte. Cerró los ojos fuertemente y sólo se concentró en su cometa, ahora era la única en el aire. La cuerda gastada y vieja por los años estaba a punto de romperse, perdiendo la cometa, su oportunidad de volar hacia la libertad.
Al abrir los ojos, se encontró nuevamente en su sueño, como si todo hubiera sido un leve delirio temporal. Disfrutó de su cometa, que extrañamente era la única volando en ése momento. Sonriendo y mirando a su alrededor, se encontraba absolutamente solo, las risas de los niños abandonaron el lugar, al igual que los caminantes y observadores. A unos cuantos metros sintió la presencia de una pistola apuntándola a su espalda. El escenario cambió drásticamente, la naturaleza desvaneció y toda la bastedad de edificios de la icónica ciudad se fundió junto a la mugre y los llantos de su tierra.
El Resplandor del Parque

Fooled by Realm

El Traslúcido Rostro
del corazón de arena
vuelto claro vidrio
sin vapor del agua.
Oculta en su fina
silueta las entrañas
más frias del desierto,
donde de noche se
oculta y chilla fuerte.
Suaves caen las gotas
del resplandor del amanecer,
acompañado por el alba dorada
difuminando el plateado
entorno de su existencia.
La escarcha enamora
la atmósfera arrimada
de los años verdes
y labios escarlatas.
El celeste de sus iris
reflejan el espasmo
del tiempo libre y ruidoso,
del llanto sonriente.
Ahogado en un mar de lilas
mientras la luna de estaño
le danza al niño pequeño
que en sus manos, de vinagre
y rosas plateadas, esconde.
Recuerdo de la conciencia
y el cuerdo perdido
halla en el fondo del alma
el momento sufrido
pero más que aquello
un sublime sentimiento
de risas y besos
de contornos suaves
con melcochas y mangos
bajo el colchón de algodón.
Aquel traslúcido corazón
con rostro de arena
sin vapor se encuentra
la vista de vidrio
en la que se expresa,
en su esencia y calma,
la belleza del vivir.
Restos de Guerra
La playa, sucia y plateada, poseía grandes cantidades de objetos metálicos y añicos de buques; la tormenta había azotado intensamente unas cuantas frias noches anteriores. Una leve llovizna cayó sobre la bailarina mientras danzaba y recibía cumplidos de todos los seres marinos cercanos. Enamorada de sus emociones, ella seguía moviéndose como un disco sinfín; que siga danzando, no pares el tiempo, no detengas los pies. La mañana aún tenía una atmósfera sombría, siempre recordando a todos los cuerpos marchando hacia sus propias muertes, ingenuos defensores de la paz. Balas perdidas en el suspenso de la dulce playa, esta tierra muerta que ahora recobraba vida con cada zapateo. Bombas de venganza danzaban con ella, de un corazón ya vació, asesinado por su mente inocente. Sus pequeños pies bailaban al ritmo de tambores de guerra, explosiones e himnos de desesperación. Amelia gritaba de euforia, no podía parar, éxtasis en todo su cuerpo, ganas de volar, donde la verdad es mentira y el mundo está más cuerdo. Cada sonrisa aumentaba su ritmo, saltos de alegría realizaba sobre sus espectadores ermitaños.
Las olas explotaban sobre su escenario, como pólvora, dejando un suave rocío color plateado. Mandaba besos al aire, sonrisas al vació. Entonces reconoció a su madre corriendo hacia ella, con la boca abierta de gritos, parecía llena de energía, gritando frenética. Ella sabía que le había encantado el baile a su madre, mientras corría hacia ella. Con cada paso aumentaba la velocidad, no quería perderse el gran final. Amelia bailó más rápido y con un rostro más radiante cuando vio a su mamá corriendo como nunca hacia ella. La diminuta bailarina entonces reconoció la cara de angustia de su mamá, aterrorizada del inevitable porvenir. Entonces se escuchó un gran estruendo, un enorme sonido de destrucción proveniente justo del escenario de la bailarina del mar, acompañado por un temblor. Una lluvia de arena se elevó hacia los aires, una explosión, de dolor e ingenuidad, de ojos hacia atrás, de mirlos voladores, domando el cielo. Cuando terminó el acto algunos lanzaron rosas blancas, otros margaritas, hacia el pequeño cofre, de negro, de un beso, de un viejo, de un clero, con un par de zapatillas rosadas que nunca más se volvieron a mover.
Adiós a Enero
y he decidido despedirme.
El principio del año eterno,
todo lo que se ha podido decirse.
Defender los principios,
conquistar las colinas,
cuando brotan los lirios
y se recorren las millas.
Es el mes de los reyes,
y he decidido despedirme,
dar un aplauso por lo que eres,
y otros cuantos por el cisne.
Empiezan a florecer los guayacanes,
sonrío por éste enero,
por aquellos vivientes en volcanes,
y saludo firme al bello Febrero!
Mientras Llueve
por primera vez en el año
las gotas de la lluvia
sobre mi cuerpo
enfriando el instante
cautivando el recuerdo
recogiendo la sonrisa
de cada gota estallada
sobre las figuras
del siempre claro cielo.
Las nubes agradecen
al alma impertinente
que llora con sus gotas
que clama cada aire
que ama su estación.
Mira, querida, arriba
mientras está lloviendo
claro contra el vidrio,
ríe antes de que vuelva
la fogosa neblina
y el estallido del cartón.
En Cuanto a las Viejas Luciérnagas

Quizás parezca un poco largo, pero si han de empezar, terminen.
Gracias por Leerme.
Después de un tiempo me di cuenta de que no había forma de salvarla. Sus ojos ya estaban hinchados y hundidos, dándole un aspecto deforme. El doctor ya ha venido a visitarla cientos de veces. También le ha mandado docenas de medicinas, todas fracasan, estoy empezando a pensar que son agua con colorante amarillo o azul eléctrico. Cada vez que la veo me es imposible no imaginarla en un cofre de madera, cuya superficie tendría un par de imágenes religiosas a los lados, como a su madre le hubiera gustado. En cuanto a por qué ella quería un cofre para su hija, me parece torcida la idea. Sus cachetes blancos, supongo que los bañarán en rubor para darles un aspecto alegre y vivo. Unos labios pálidos y fríos como hielo, como piedras, con suaves superficies. Los gemidos mudos en la oscuridad, entre enceguecidas tinieblas, y de vez en cuando, gritos sordos. Presentimientos, pensamientos, todos agobiados y descarrilados en carreteras de un fin porvenir. En cuanto al dolor, pasivo e intenso, muerte lenta, madera vieja. Quien sufre más, quien duerme o el que mira en silencio, con miedo a enfrentar la realidad. Las luciérnagas brillan, luz impertinente e indeseable, aunque pecadora. Pequeños puntos de luz voladores en las viejas ventanas, por qué no serán helados me pregunto de vez en cuando. De nuevo te miro, con un miedo agobiante, consumidor, agridulce. Con un rostro viejo y destartalado me encuentro, perdido y sin mapa en el mundo, vagando, tomando los caminos incorrectos, directo a donde todo se apaga. Me acerqué un poco más, piel erizada y descontrolada, un beso, sutil. Aquellas diminutas bolas de luz seguían dirigiéndose hacia ella, mágico lugar, de sueños perdidos. Todo lo que veo son rostros sin expresión, simples, planos, ninguna emoción, mirando, vigilando con clara intensidad, espías de la muerte, testigos del amor. No hay apoyo, ético ni moral, religioso ni celestial. Otra vez te escucho, insomnio cada noche, todo en silencio, cuando el miedo siente vértigo y la luna intimidada, de estar tan sola, sin pareja, egoísta. Con gran vigor aumenta cada sonido de dolor, ya como un sonámbulo me dirijo al pequeño cuarto, el de los enfermos, el de los muertos. Siguen brillando, su rostro iluminado no parece tan indiferente, parece envuelta en vida, resplandeciente, una indiscreta sonrisa se forma en ella, feliz la miro. Cojo el pañuelo de la envejecida mesa, lo pongo delicadamente sobre la sonrisa, tapándola, sintiéndome culpable.
Hace unos meses te vi corriendo en medio del bosque, cogidos de la mano, sonriendo, felices, radiantes. Otro beso, otra caricia, futuramente perdida, en vano. Cuando tenías labios de colores intensos y bailabas con gracia. Momentos almacenados en la memoria, esperando que no contengan enfermedades. Eras de las personas que miran hacia abajo cuando hay presión, igual que como coges las manijas por debajo y te sientas con los brazos cruzados; todos lo saben, tan obvio, a la vez tan impredecible, como armar un rompecabezas con las fichas incompletas. Colores de primavera, olores de invierno, rostros de tiempos paralelos, momentos encarcelados sin llave, aprisionados. Me encontraste, me salvaste de la caída hacia los acantilados, saltos y remordimientos, gritos y pesadillas, ahora coherentes. Cómo dejarte aquí sola e insegura, en cáscaras de huevos, en vidrio peregrino. Tanto que dar, sólo yo para recibirlo, el resto se desgasta y desvanece con el aire; diferente al polvo, que vuelve a caer, éste se va sin reaparecer, supongo que al mago se le olvidó el truco. Ahora veo que todo es igual, la noche con el día, solo las circunstancias cambian, pero aquí, donde nada es perpendicular a las cosas, no existen, nada existe. Los momentos se dan por el destino, como en el metro donde te sentaste, cerca de mi, donde pusiste tu numero, dígitos, eso es relevante, qué son los sueños, todos defectos de la realidad. El dolor continuo en tu antigua cara, no ha de esperar la noche en que paren de brillar alrededor tuyo. Investigué que comen, todas las noches llevo unos bultos de arroz cocido, no puedo dejar que dejen de iluminar. Como espíritus se ven alrededor del cuerpo de piedra que posee la cama. Luego bajo a leer el periódico de el mes pasado, tantas veces lo he tenido que leer, los libros, donde se hospedan las termitas, hoteles, comunidades enteras, me acompañan. Familias completas, caminando en el papel, la devoran; después continuaran por acabar la casa, toda de madera, cuando se derrumbe, espero estar adentro para acompañarla, por eso las motivo, además no molestan y pagan renta. Un fuerte sonido, proveniente de aquel pequeño cuarto luminoso. Corrí lo más rápido que pude, era hora. La puerta estaba cerrada, dónde podría haber dejado las llaves, quizás las termitas la robaron, esas infelices. Con toda mi fuerza golpeé la puerta, por fortuna ya estaba vieja y se derrumbó rápidamente, en cuanto entré todo se encontraba fuera de foco. Ningún bombillo volador estaba ahí, todas las luciérnagas en el suelo, frías como rocas, a oscuras en tinieblas. Lagrimas empezaron a escurrirse por mis cachetes, todo se apagó en medio del suspenso, apagón nuclear, la luna huyó, y las luciérnagas se fundieron, con su corazón.
Amanecer de Invierno
Winter

Tan Sólo
El Ligero Soplo del Viento
El suave roce del viento en mi rostro me daba la falsa tranquilidad de que todo estaría bien. Localice unas cuantas aves a unos metros de distancia de nosotros, pareciera que quisieran comunicarse conmigo, mientras hacían un dulce baile ante mis entumecidos ojos, consumidos por el llanto. El paisaje era maravilloso, pero aún así tenia un aspecto fantasmagórico, algo no encajaba en este cuadro. Extrañamente empecé a sentir la tristeza nuevamente, causado por la despedida de aquel ángel. Mi vida parecía una canción, cada latido una palabra, cada respiro una oración, pero aquel juego de palabras no me traían ningún tipo de consuelo. Intenté olvidarme de aquellos recuerdos, simplemente disfrutar el momento. Nos transportábamos por entre las montañas, unas más grandes que otras, unas más verdes, otras más opacas, como en la vida. Un repentino escalofrió se traslado por todo mi cuerpo, me encontraba siendo azotado por el viento, este aparato al que le había tenido tanta confianza, en este punto me sentí atemorizado, con el interminable temor de perder la vida. Entonces me di cuenta que esa demente idea no era una locura del todo, podría acompañarte, de pronto en otro lugar y tiempo tu rostro emergerá de nuevo.
Otra fuerte sacudida, podía ver como el aparato en el que había dejado mi vida se movía de un lado a otro. El rostro del hombre solo expresaba una sola cosa: el fin. Este horrorizado rostro aún me atormenta por las frías noches de lluvia. Cada latigazo originado en la tormenta a la que estábamos sometidos tenía un eco aun más grande en mi pecho, sentía como si se fuera a explotar, mi voz se esfumó; no podía gritar ni pedir ayuda, aunque cualquier forma de manifestar auxilio seria en vano. Cada vez nos acercábamos más a las montañas, me pareció curioso que lo que antes veía como algo sublime ahora me llamaban para consumirme vivo, aquel maniático llamado parecía seductor. Esos desgraciados cuerpos de tierra tenian un aspecto sombrio y oscuro de sueños rotos y anhelo muerto. La ausencia de toda razón, como bajo helada lluvia, resfrios míos, déjame el zoom. No tengo ganas de continuar, que me dejen caer de esta águila voladora, necesito sentir el aire en mi rostro mientras caigo, tranquilidad suprema, eso dicen. Tu rostro surgió en mi mente, por solo un instante el cual pareció hubiera querido que fuese eterno. Aún me cuesta entender como logre sobrevivir, ya que todo lo posterior a este acontecimiento sucedió tan rápido que no logre pensar, mucho menos procesarlo. De un momento a otro faltando centímetros para mi final nos elevamos fuertemente en el aire. Un grito de victoria proveniente del hombre que manejaba el parapente me confirmo que habíamos logrado escapar del remolino invisible de la muerte, desapareciendo con este la fuerte tormenta.
Cuando logramos estabilizarnos nos desviamos inmediatamente a nuestro destino. El alivio de seguir vivo fue enorme, la euforia me estrangulaba, dulce nostalgia. Los pájaros que había visto previamente seguían danzando como si nada hubiera sucedido, ya que por mucho que suceda algo, el mundo sigue, no para, no espera a alguien para que respire, mucho menos descanse. Una sonrisa la cual no soy capaz de encontrarle lugar de donde vino apareció en mi rostro aún aturdido por la experiencia; quizás aquella extraña sonrisa se desvió de otro cuerpo incrustándose en el mió, la escena tenia un aspecto irónico. En cuando el suspenso se detuvo razoné sobre como todo es de frágil, la vida por ejemplo. Con el primer soplo del ligero viento todo se mueve, como un tornado, pero aún no desaparece. Con el segundo, todo desvanece.
