Los ligeros cambios en la dirección del viento procuraban una buena tarde. El sol en lo más alto, ardiendo y quemando las frentes de los seres que miran hacia el cielo, la lluvia de cometas. Sohrab sabía exactamente cómo eran las competencias de cometas en su país natal, sin embargo en la Gran Manzana era sólo para el disfrute de los demás. El cielo multicolor, teñido por texturas e infinitos tonos. Familias enteras sentadas en el pasto más verde y vivo del mundo, con su pita estática, algunos con una extensa cola de moños para poder reconocer sus cometas en la bastedad del techo multicolor.
El calor sofocante de Afganistán lo invadía, mientras recuerda los tiroteos, los gritos y lagunas de sangre en el suelo. La pobreza extrema, la violencia que consumía a todos, devorándolos vivos con el mandato del Talibán.
Decidió rechazar la memoria invasiva al fijarse en las cometas moviéndose de un lado a otro. Domadas por el viento. De vez en cuando se ve una acrobática, dominante ante los demás. Estaba tranquilo, disfrutando de la vida en América, lejos de la sangre, del dolor, de las generaciones muertas. Los árboles verdes le daban un aspecto fantástico. Sohrab se dejó absorber por las cometas, por el vaivén de cuerdas. Gozaba de cada color con sus figuras respectivas. Aunque sus favoritas eran las de forma en diamante, le sabía a su niñez, un poco perdida y hueca, sin embargo, siempre presente. De bombas y aullidos, ojos de las mujeres, miradas de sufrimiento.
Las miradas amables de todos los que contemplaban el espectáculo, en medio de un mar de rascacielos y bloques grises, muy distinto a su vida en Afganistán. Las cometas lo consumían hasta que quedó fuera de la cordura. Veía monumentos de sangre, metales rotos, árboles desapareciéndose, llenando su visión de movimientos bruscos y frenéticos. Todo parecía estar fuera de foco, como ondas de erupción, mirando a través de plástico. Las cometas permanecían en el aire, pero las balas la derrumbaban. Los niños corrían, escondiéndose debajo de otro cadáver.
La brisa estancada llenaba los pulmones de polvo, reteniendo cualquier intento de sobrevivir. En la locura del momento, intentó volver a la tranquilidad del parque, lejos de las explosiones y la muerte. Cerró los ojos fuertemente y sólo se concentró en su cometa, ahora era la única en el aire. La cuerda gastada y vieja por los años estaba a punto de romperse, perdiendo la cometa, su oportunidad de volar hacia la libertad.
Al abrir los ojos, se encontró nuevamente en su sueño, como si todo hubiera sido un leve delirio temporal. Disfrutó de su cometa, que extrañamente era la única volando en ése momento. Sonriendo y mirando a su alrededor, se encontraba absolutamente solo, las risas de los niños abandonaron el lugar, al igual que los caminantes y observadores. A unos cuantos metros sintió la presencia de una pistola apuntándola a su espalda. El escenario cambió drásticamente, la naturaleza desvaneció y toda la bastedad de edificios de la icónica ciudad se fundió junto a la mugre y los llantos de su tierra.
El calor sofocante de Afganistán lo invadía, mientras recuerda los tiroteos, los gritos y lagunas de sangre en el suelo. La pobreza extrema, la violencia que consumía a todos, devorándolos vivos con el mandato del Talibán.
Decidió rechazar la memoria invasiva al fijarse en las cometas moviéndose de un lado a otro. Domadas por el viento. De vez en cuando se ve una acrobática, dominante ante los demás. Estaba tranquilo, disfrutando de la vida en América, lejos de la sangre, del dolor, de las generaciones muertas. Los árboles verdes le daban un aspecto fantástico. Sohrab se dejó absorber por las cometas, por el vaivén de cuerdas. Gozaba de cada color con sus figuras respectivas. Aunque sus favoritas eran las de forma en diamante, le sabía a su niñez, un poco perdida y hueca, sin embargo, siempre presente. De bombas y aullidos, ojos de las mujeres, miradas de sufrimiento.
Las miradas amables de todos los que contemplaban el espectáculo, en medio de un mar de rascacielos y bloques grises, muy distinto a su vida en Afganistán. Las cometas lo consumían hasta que quedó fuera de la cordura. Veía monumentos de sangre, metales rotos, árboles desapareciéndose, llenando su visión de movimientos bruscos y frenéticos. Todo parecía estar fuera de foco, como ondas de erupción, mirando a través de plástico. Las cometas permanecían en el aire, pero las balas la derrumbaban. Los niños corrían, escondiéndose debajo de otro cadáver.
La brisa estancada llenaba los pulmones de polvo, reteniendo cualquier intento de sobrevivir. En la locura del momento, intentó volver a la tranquilidad del parque, lejos de las explosiones y la muerte. Cerró los ojos fuertemente y sólo se concentró en su cometa, ahora era la única en el aire. La cuerda gastada y vieja por los años estaba a punto de romperse, perdiendo la cometa, su oportunidad de volar hacia la libertad.
Al abrir los ojos, se encontró nuevamente en su sueño, como si todo hubiera sido un leve delirio temporal. Disfrutó de su cometa, que extrañamente era la única volando en ése momento. Sonriendo y mirando a su alrededor, se encontraba absolutamente solo, las risas de los niños abandonaron el lugar, al igual que los caminantes y observadores. A unos cuantos metros sintió la presencia de una pistola apuntándola a su espalda. El escenario cambió drásticamente, la naturaleza desvaneció y toda la bastedad de edificios de la icónica ciudad se fundió junto a la mugre y los llantos de su tierra.




